La caja de música que despertó a Don Aurelio

Viste la escena quedarse en el aire, con el bastón a medio bajar y la niña arrodillada sobre la piedra mojada. No pudiste soltarla. Aquí está lo que pasó después, y lo que nadie vio antes.
La plaza olía a tierra mojada y a noche recién lavada. Las lámparas antiguas derramaban una luz ámbar sobre las piedras rotas, y el silencio tenía el peso de un corazón detenido.
Nadie respiraba.
El bastón de Don Aurelio temblaba en el aire, suspendido a medio camino entre la furia y el espanto. El hombre de sesenta y ocho años, con el cabello plateado desordenado y los ojos perdidos en algún lugar que ya no existía, miraba la caja de música como si hubiera visto un fantasma.
Valeria, con sus siete años y sus trenzas apretadas con listones rojos, tenía las manos apoyadas en los bordes de madera oscura.
El vals seguía sonando.
Era una melodía delgada, antigua, de esas que se cuelan por las rendijas del tiempo y se instalan en los huesos. Una canción que hablaba de domingos por la tarde, de café con canela, de manos arrugadas entrelazadas sobre un mantel de flores.
Don Aurelio bajó el bastón.
El golpe de la empuñadura de latón contra la piedra mojada sonó como un punto final.
Pero nadie sabía todavía que esa música no había empezado esa noche. Esa música llevaba cincuenta y tres años sonando en algún rincón de la memoria del viejo, guardada detrás de una puerta que el alzhéimer había ido cerrando poco a poco.
La historia había empezado mucho antes, en otra plaza, con otra niña.
—
Rosita tenía doce años cuando aprendió a tocar ese vals en el piano de su tía Consuelo.
Era un piano vertical, desafinado, con las teclas de marfil amarillento y dos que no sonaban. La tía Consuelo le cobraba cinco pesos la clase y le regalaba un dulce de leche cuando lograba terminar la pieza sin equivocarse.
Rosita se equivocaba siempre.
Pero el vals, ese vals, le salía perfecto la primera vez que lo intentó.
La tía Consuelo se quedó mirándola con los ojos abiertos, sorprendida. La niña tenía un don, sí, pero aquello era distinto. Rosita no tocaba las notas. Rosita tocaba algo que estaba debajo de las notas, algo que no se podía explicar con palabras.
—Ese vals te va a acompañar toda la vida — dijo la tía, guardando el dulce en el bolsillo del delantal.
No se equivocó.
A los diecisiete años, Rosita conoció a Aurelio en la feria del pueblo. Él era alto, delgado, con las mangas de la camisa remangadas hasta el codo y una sonrisa que anunciaba problemas. Iba a cumplir veinte y trabajaba en la ferretería de su padre, contando clavos y soñando con otra cosa.
—¿Sabes tocar algún instrumento? — le preguntó Rosita, después de verlo perder tres pesos seguidos en la ruleta de la feria.
—¿La bocina del auto cuenta? — respondió él, con esa media sonrisa que después aprendería a odiar y a amar ella por igual.
Rosita se rió, y a Aurelio se le olvidó el nombre de su propia madre durante unos segundos.
Tres años después se casaron en la iglesia del pueblo, con lluvia y todo. Ella llevaba un vestido blanco prestado y él un traje azul marino que le quedaba grande en los hombros.
En la recepción, en el patio de la casa de la tía Consuelo, sonó el vals.
Rosita lo tocó en el piano de siempre, y Aurelio, que no sabía bailar, la abrazó como si el mundo fuera a terminarse esa misma noche.
—¿Qué canción es esa? — le preguntó al oído, con la nariz enterrada en su pelo.
—Se llama «Memorias de un amor imposible».
Aurelio la apretó más fuerte.
—Qué nombre más triste para una canción tan bonita.
—Todas las canciones bonitas tienen nombres tristes — dijo ella, y no supo por qué le salió eso.
Cincuenta y tres años después, Aurelio todavía recordaría esas palabras.
Aunque no recordaba su nombre. Aunque no recordaba la cara de su hija. Aunque no recordaba en qué país vivía.
Esa frase, la frase de la noche de bodas, la seguiría reconociendo para siempre.
—
La caja de música apareció en el primer aniversario de bodas.
Era el año 1972. Aurelio había ahorrado durante seis meses para comprarle ese regalo, vendiendo su colección de canicas de vidrio que había guardado desde niño, y un reloj de bolsillo que había heredado de su abuelo.
—Es de madera de nogal — dijo, entregándole el paquete envuelto en papel de estraza.
Rosita lo abrió con las manos temblorosas, y cuando vio la caja, una caja rectangular de esquinas oscuras con una llave de latón para darle cuerda, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Abrela — le dijo Aurelio.
Ella giró la llave tres veces, con una precisión que luego se haría famosa en la familia, y levantó la tapa.
El vals sonó en la salita de su casa, aguado y dulce, como una voz que viene de lejos.
Rosita se cubrió la boca con las manos.
—Es «Memorias de un amor imposible» — susurró.
—Para que nunca se te olvide cómo suena — dijo Aurelio.
—¿Cómo se me va a olvidar?
—Nunca se sabe, mi amor. Nunca se sabe.
La caja se convirtió en el objeto más sagrado de la casa. Cuando nacía un hijo, Rosita la ponía en la cuna para que el recién nacido se durmiera con el vals. Cuando había una fiesta, la cerraban con llave para que nadie la tocara. Cuando había una pelea, Rosita la abría, y la música ponía paz.
La tocaron en el cumpleaños de Lina, su única hija, cuando cumplió cinco años.
La tocaron cuando Aurelio recibió el diagnóstico de la artritis, cuando le dijeron que tal vez no podría trabajar tanto tiempo más.
La tocaron cuando Rosita se enfermó de los pulmones, cuando los médicos dijeron que no había mucho que hacer, cuando el vals se convirtió en una oración.
—Cuando ya no esté — le dijo Rosita a Lina, en una tarde de domingo, con la voz ronca y los ojos brillantes —, ponle la música a tu papá. Todos los días cuando se levante. No la saltes nunca.
Lina bordaba en silencio, con los hombros caídos.
—Y cuando él no pueda recordar quién soy — siguió Rosita, con una calma que asustaba —, ponle la música. Ella se va a acordar por él.
—
El alzhéimer empezó lento, como todas las despedidas largas.
Primero fueron las llaves. Aurelio las perdía tres veces al día, y se ponía furioso, y buscaba debajo de los muebles, y acusaba a Lina de habérselas robado.
Después fueron los nombres. «Mija», le decía a Lina en lugar de «hija». «Señora», le decía a la mujer que había conocido desde que era una niña.
Después fueron los años. Mezclaba a su madre muerta con su esposa viva. Hablaba de sus hermanos como si tuvieran diez años. Preguntaba si el abuelo ya había venido a recogerlo para ir a trabajar al campo.
Lina llevó a su papá a Guadalajara, a la ciudad, a los mejores neurólogos. Le dieron pastillas para la memoria, pastillas para el estado de ánimo, pastillas para dormir.
Nada funcionaba del todo.
Pero la caja de música funcionaba.
Todas las mañanas, Lina ponía el vals de su madre. Aurelio, que ya no reconocía la voz de su hija, reconocía esa melodía desde la primera nota. Se sentaba, se calmaba, cerraba los ojos, y se mecía suavemente en la silla.
No decía nada. No recordaba nada. Pero la furia cesaba, como si la brisa de otra época entrara por la ventana.
—¿Qué te hace esa canción, papá? — le preguntó Lina una vez, ya sin esperar respuesta.
Aurelio abrió los ojos y la miró. Por un instante, brilló en ellos una luz que no aparecía hacía meses.
—Esa canción me ama — dijo, con una claridad que estremeció.
—¿Y tú la amas?
—La amo más que a mi vida.
—.
Nadie esperaba que esa noche fuera distinta.
Era un viernes, el último del mes de octubre. Había llovido durante la tarde, una lluvia corta y violenta que había llenado de charcos las calles empedradas del pueblo.
Lina había llevado a su papá con su hermana Consuelo, la hermana de su madre, para que le ayudara a bañarlo. Ella tenía que atender unos asuntos y no podía dejar solo al viejo.
Pero algo se rompió esa tarde.
No supieron qué. Aurelio estaba tranquilo en el patio, mirando el agua caer, y de repente se levantó de la silla con los ojos desorbitados, gritando que alguien lo perseguía.
Consuelo intentó calmarlo, pero él no la reconoció.
—¿Quién es usted? — gritaba, dando vueltas por la casa. — ¿Qué quiere de mí?
Cuando Consuelo intentó tomarlo del brazo, él levantó el bastón.
Fue el primer golpe que tuvo que esquivar. Y cuando quedaron atrapadas en la sala, él con expresión asustada y ella apoyada contra la pared con las manos en el pecho, se sintió tan perdida como él.
El pasillo estaba oscuro. La luz del patio no llegaba hasta allá.
—Voy a llamar a Lina, Aurelio. Voy a llamar a tu hija.
No lo oyó.
—Por favor, Aurelio, tú me conoces. Soy Consuelo, la hermana de…
No terminó la frase.
Se sorprendió ella misma de lo poco que la había visto venir. Aurelio golpeó contra la mesa de madera con el bastón, y el vidrio de la lámpara se rompió en el suelo, y el grito de ella fue un sonido agudo y agrietado.
Nadie más en el pueblo lo vio venir.
No había nadie.
—
Lina llegó a las seis y media de la tarde.
Su teléfono había sonado cuatro veces mientras manejaba de la casa de Consuelo a la suya. Las primeras tres no pudo contestar: iba a cuarenta por hora curva, con la lluvia amenazando con volver.
La cuarta vez aparcó en el borde del camino y levantó el teléfono temblando.
—Señora Lina, es doña Consuelo. Su papá está… está muy mal. Se lo llevaron a la plaza. No nos deja acercarnos. Por favor, venga.
Un vecino lo había visto calle abajo, bamboleándose con el bastón, gritando palabras que parecían venir de otra lengua. Cuando el vecino intentó ayudarlo, Aurelio lo amenazó con el bastón, y el vecino, asustado, llamó a los de seguridad.
Lina ni siquiera cerró el coche con llave.
La plaza del pueblo estaba a dos cuadras. Corrió como no corría desde que era niña, sintiendo cada paso en las rodillas gastadas, con la lluvia fresca aún en las mejillas y el cielo gris pálido apagándose sobre las casas bajas.
Vio el charco de luz amarilla bajo la lámpara de hierro, la esquina de la plaza convertida en un escenario bajo la llovizna reciente. Vio a la multitud apelotonada detrás de la barrera, quince pares de ojos clavados en el centro de la escena, las manos sobre la boca, los cuerpos listos para retroceder si el viejo enloquecía.
Vio a la señora Pantoja tocándose el rosario mientras los labios se le movían en un rezo silencioso.
Vio al guardia de seguridad, que estaba sudando pese al frescor, con la mano alzada delante de su pecho y una voz que trataba de sonar serena sin lograrlo.
Y vio a su padre, en el centro de todo.
—Papá — murmuró, y no la oyó durante varios segundos.
Pero cuando corrió hacia él, cuando la luz de la lámpara la tomó de lleno y él la vio venir, los ojos de su padre cambiaron de un modo que la detuvo en seco.
Ya no había piedad en ellos.
Ya no había reconocimiento.
Ya no quedaba nada de aquel hombre que le había enseñado a andar en bicicleta, que le había cosido el vestido de sus quince años cuando la modista las dejó plantadas, que le había dicho al oído, en el bautizo de sus hijos: «No hay amor más grande que el que te salva la vida, hija.»
Aquel hombre la miraba ahora como si ella fuera una desconocida que venía a hacerle daño.
—¡No me toquen! — gritó, y la voz se le quebró como una rama podrida. — ¡No me toquen!
Valeria estaba en casa cuando su madre salió corriendo.
La mamá le había pedido que se quedara con la abuela Consuelo, que no se moviera de ahí, que en diez minutos volvían. Pero Valeria había visto el miedo en los ojos de su madre.
Y había visto el coche salir a toda prisa por la calle mojada.
—¿Mi abuelo se escapó? — le preguntó a la abuela Consuelo, que lloraba sentada en la cocina, con las manos temblando sobre el mantel.
—No sé, mija, no sé.
—¿Dónde está?
—En la plaza. Se puso agresivo, no deja que nadie se acerque, y se llevó la caja…
Valeria sintió que algo se le encogía en el pecho.
—¿La caja de música de la abuela?
Consuelo asintió sin mirarla.
Valeria salió de la casa con el corazón golpeando en la garganta. No había pensado en qué iba a hacer. No había pensado en nada, salvo en que su abuelo estaba solo, que el abuelo era bueno, que el abuelo no tenía que estar asustado.
Corrió las dos cuadras que separaban la casa de la plaza, con las trenzas saltándole sobre los hombros y las sandalias chapoteando en los charcos que no quedaban cubiertos por el asfalto.
Cuando llegó, la barrera metálica ya estaba puesta. La gente no la dejaba pasar.
—Hazme un hueco — pidió, con su voz de niña, y una señora le puso una mano en el hombro.
—No, mija, es peligroso. Tu abuelo no se acuerda de ti.
Valeria la miró con esos ojos oscuros que no parpadeaban.
—Yo sí me acuerdo de él.
Y se agachó, se escurrió entre las piernas de los adultos, pasó por debajo de la barrera como un gato, y salió a la plaza.
El guardia de seguridad la vio venir de reojo y alcanzó a estirar el brazo para detenerla.
—Señorita, no puede…
Valeria no apartó los ojos del abuelo.
—Él es mi abuelo — dijo, con esa sencillez que solo tienen los niños y los santos.
Y siguió caminando.
—
La caja de música pesaba tanto como un ladrillo en las manos de Valeria.
La había cargado desde la casa de su abuela Consuelo hasta la plaza, y los brazos le dolían, y los nudillos le ardían del frío, pero no la soltó ni un segundo. La había visto a su abuelo sacarla de su querido escondite en la cómoda de su cuarto, la había visto apretarla contra el pecho en momentos de rabia que no entendía.
Y había visto a su madre llorar sobre esa caja la noche que la abuela Rosita se fue.
Así que no era solo madera vieja y latón opaco lo que cargaba. Era una noche de quince años, un vals de medio siglo, un amor que no cabía en ninguna palabra.
Se acercó en silencio pese a sus sandalias.
El guardia rompió a sudar frío. Su mano siguió levantada, pero ahora no sabía si detenía a la niña o si la despedía.
—Antonio, déjala pasar — dijo la señora Pantoja detrás de la barrera, en voz baja, sin que nadie se lo pidiera.
Tenía la caja de música en la palma de las manos, ahora, con el dedo pulgar rozando la llave de latón.
Aurelio la miró y levantó el bastón, y el gesto lo vio ella como si lo viera a cámara lenta: su abuelo, el hombre que la había llevado a la feria, que le había enseñado a silbar colocando las dos manos, que le había contado cuentos de una abuela que ella no llegó a conocer.
—¿Qué quieres? — gruñó él, con la voz ronca.
Valeria no contestó.
El bastón temblaba en el aire teñido de ámbar.
Ella se arrodilló en la piedra, sintiendo la humedad calarle las rodillas a través de la tela fina del vestido, y puso la caja en el suelo, delante de él.
Tres vueltas a la llave, como le había enseñado su madre, como su madre había aprendido de su abuela. Un girar exacto, pausado, mecánico, que tenía más de ritual que de música.
La tapa se abrió con un clic suave.
Y el vals llenó la plaza.
—
Don Aurelio oyó la música antes que las imágenes.
Fue como si alguien le tocara el hombro, en la oscuridad, y le dijera: «Aquí, ya sé dónde estás.»
El bastón se quedó flotando a mitad del golpe, sostenido por un brazo que de pronto no sabía por qué quería golpear.
Alrededor de la plaza, la multitud contuvo el aliento junta. La barrera, la ropa que se estiraba a su espalda, los codos apretados, las bolsas, las carteras, todo eso se diluyó en un segundo cuando una niña de siete años se arrodilló sobre la piedra mojada para abrir una caja de música.
Nadie respiró.
El vals se abrió paso entre las notas delgadas, tocando el aire húmedo, y los que estaban más cerca de él vieron que se le deshacía la tensión de la mandíbula.
Era como si alguien le pusiera un dedo en el centro del pecho y le dijera: «Ya, ya llegamos. Estás aquí.
Lina se acercó en ese instante.
—Papá — dijo, con la voz apenas un hilo. — Papá, escucha.
Aurelio bajó el bastón hasta que la empuñadura chocó contra la piedra con un golpe seco y esperado.
El hombre alto y delgado que quedaba tras la furia se sentó en el borde de la fuente seca, con las piernas flojas y la cabeza baja.
—Ella tenía esa canción — murmuró.
Nadie se atrevió a decir nada.
—Entraba con el canasto del mandado — siguió él, con la voz rota, sin mirar a nadie —, y yo sabía que estaba por venir porque esa música… esa música la traía amarrada a ella.
Lina se cubrió la boca con las dos manos.
—La volvió a tocar en la iglesia — dijo, y ahora se le resbalaba una lágrima por la mejilla, escondida entre la barba blanca. — Dio la vuelta y me miró, y me miró como si me conociera.
El guardia de seguridad, que ya no recordaba qué furia era esa, bajó la mano y se quedó quieto.
La señora Pantoja se persignó y mantuvo los labios apretados para no llorar.
—Y cuando yo me puse viejo, ella tocaba esa música para que yo escuchara algo distinto al silencio — siguió, en un murmullo que casi no se oía —. Y tuvo razón, porque cuando la oigo… cuando la oigo, todavía me acuerdo.
—¿De qué te acuerdas? — preguntó Valeria, con la voz suave y firme a la vez, sin dejar de mirarlo.
Aurelio levantó la cabeza y encontró los ojos de su nieta.
Los niños tienen ese don: las cosas que no saben nombrar las entienden del todo.
—De que era joven — dijo él, con la voz áspera. — De que bailábamos en el patio cuando nadie miraba. De que se reía con la boca abierta, sin miedo, como si la alegría le cupiera entera en el cuerpo.
Valeria sonrió, apenas, un temblor de labios.
—¿Cómo se llamaba? — preguntó, aunque ya lo sabía.
—Rosita.
La palabra cayó como una moneda en un charco oscuro, y el círculo se cerró alrededor de los dos: el abuelo con el bastón caído, la nieta con la caja abierta entre las manos.
—Rosita era mi esposa — dijo. — Hace muchos años. A veces siento que la veo y no me acuerdo de su nombre, y me da un dolor, una cosa aquí — se tocó el pecho, justo encima del corazón —, como si la perdiera otra vez.
Lina se arrodilló junto a su hija, a su padre, y le tomó la mano.
—Ya no la perdiste, papá.
Aurelio la miró a los ojos, y esta vez, los buscó sin miedo.
—¿Lina?
Lina se atragantó de alivio. Tenía veinte años otra vez, o nunca los había tenido, porque la eternidad se mide en los instantes en que alguien a quien amas reconoce tu cara.
—Sí, papá. Soy yo.
—Tu mamá… — dijo él, y no pudo terminar la frase.
Lina terminó por él.
—La caja, papá. La caja dice su nombre siempre que la oímos.
A Valeria se le llenaron los brazos de luz tenue mientras el vals seguía girando.
La ampolleta de la lámpara, esa antigua madre de la plaza, tembló sobre las teclas de latón y los bordes de madera, sobre las manos pequeñas que la tomaban del borde, sobre la boca del abuelo que repetía una palabra de otro tiempo.
Nadie en la barrera se movió. Nadie tosió. El guardia tragó saliva y se mantuvo como una estatua, porque se daba cuenta de que era testigo de algo más grande que su trabajo.
La señora Pantoja apenas se movía para rezar un padrenuestro.
Valeria guardó silencio un rato largo.
Después, con tres palabras, completó lo que su abuelo no pudo decir.
—La escuchamos juntos — dijo.
Y ese «juntos» fue como el broche de una caja que se cierra sobre la tristeza y la convierte en otra cosa.
Don Aurelio miró a su nieta, miró la caja, miró la plaza húmeda que se estaba llenando de noche azul.
—Yo sé quién soy — dijo, con la voz tomada, pero entera. — Soy un viejo que se olvidó de casi todo. Menos de una cosa.
Lina apretó la mano de su padre, y él se la devolvió.
—¿Cuál? — preguntó la niña.
—Esa canción. Esa canción que me sigue sonando — se tocó el pecho — aunque se me olviden los nombres.
Al otro lado de la plaza, el guardia de seguridad se pasó la mano por la cara, como quien despierta de un sueño.
Tomó aire despacio, aunque nadie lo vio.
Después se ajustó el cinturón negro, se acomodó la radio en el hombro y, sin que ningún disturbio lo reclamara, giró la cabeza hacia el frente, con la vista fija en la niña y el viejo, y no porque le pertenecieran, sino porque habían dejado de ser una urgencia para ser una escena de la que no quería apartarse.
La señora Pantoja se persignó una vez más.
—Andele, Aurelio — murmuró, sin que nadie la oyera, para el aire.
—.
La caja de música llegó a la casa de la esquina poco antes de las ocho.
La noche había cerrado del todo, y las luces de la casa de Lina atravesaban las cortinas como un rescoldo. Don Aurelio caminaba despacio, apoyado en el brazo de su hija, con el bastón que ya no usaba como arma sino como compañía.
Valeria iba un paso atrás, cargando la caja con las dos manos, como se carga algo que no pesa en kilos.
La caja cabía en la palma de una mano si era una mano pequeña y era la de antes del vendaval; pero ahora pesaba lo que pesa un recuerdo, que es poco y es todo a la vez.
Dentro de ella, el mecanismo aún guardaba una nota final, tímida, que se negaba a apagarse del todo, como si la música hubiera decidido quedarse un minuto más con ellos.
—Te preparo caldo — le dijo Lina a su padre, abriendo la puerta.
—Lo que sea — dijo él, sin soltarle el brazo. — Pero ponte esa canción otra vez.
—Ya la puse, papá. Desde que estábamos en la plaza.
—¿Y la pusiste para que la escuche?
Lina dejó la llave en la cerradura y se dio la vuelta hacia él, con una sonrisa pequeña.
—La puse para que la escuchemos. Nadie la escucha solo, papá.
Y Aurelio, que había olvidado su nombre más veces que el de la muerte, asintió despacio.
—Tu mamá me decía — empezó, y se detuvo, porque la memoria le temblaba.
—Qué te decía, viejo — lo animó Lina, buscándole la mano en el aire.
—Que la música es el único idioma que no se le olvida a nadie. — Hizo una pausa. — Yo no le creía.
—¿Y ahora?
Aurelio miró a Valeria, que había puesto la caja sobre la mesa del comedor y ahora volvía hacia él con sus trenzas y sus siete años.
—Ahora le creo a esa niña, que cree en la caja.
Valeria lo miró con esos ojos de madrugada. No dijo nada.
Y cuando el abuelo se sentó en la silla de siempre, con la mano sobre la mesa, la caja abierta empezó a girar sola otra vuelta de llave, como si tuviera un latido propio.
Poco a poco, de las rendijas de los recuerdos que aún guardaban en los bordes de madera, se encendieron las notas del vals.
Las cuatro notas que hacían que los muertos se levantaran de su sillón para bailar con los vivos.
La habitación entera se llenó de algo que no era exactamente música, aunque se parecía mucho al perdón.
Don Aurelio cerró los ojos.
—Esta noche — dijo, rozando el aire con la mano — me voy a acordar de todo.
Lina se sentó en la mesa frente a él, y Valeria se acomodó en el suelo con la caja entre las piernas, como si fuera parte del mobiliario de la casa.
—¿De todo, todo? — preguntó la niña.
—De todo, todo, mija. — Abrió los ojos y la miró con claridad absoluta. — Yo me puedo olvidar de quién soy. Pero no me olvido nunca de que tú eres mía.
La frase se instaló en el pecho de Valeria, resonando con el vals.
Y aunque la noche no tenía nada que demostrar, la casa entera quedó así: en la penumbra, con una caja brillando en el centro, con dos generaciones mirando a la tercera, esperando que la música siguiera un poco más.
La caja siguió.
La caja siempre seguía.
El vals se quedó en la plaza mucho después de que se fueran.
Fue como si el aire se hubiera empapado de las notas y decidiera guardarlas, para que la primera persona que pasara por ahí al día siguiente las encontrara flotando, doradas, encima de las hojas mojadas.
La señora Pantoja se retiró a su casa, rozándose el rosario con los dedos.
El guardia de seguridad apagó la linterna de su cuerpo y guardó el ajuste del cinturón para la próxima emergencia. Cruzó la plaza despacio, sintiendo todavía en el pecho la imagen de la niña arrodillada sobre la piedra húmeda.
Antes de irse, pasó cerca de la fuente seca y vio el borde de piedra donde Don Aurelio se había sentado a llorar.
La piedra estaba mojada, pero no del todo de lluvia.
Y cuando terminó de retirarse de la plaza, caminando con las botas sobre el empedrado, todavía se le cruzó por la memoria la cara del viejo con los ojos llenos de una luz que él no supo identificar.
Ni él ni nadie la supo identificar esa noche.
Pero algo, ahí en el centro de esa piedra y esa lámpara, quedó a salvo.
Algo que ningún olvido se atreve a borrar cuando suena un vals.
Y esa era la verdad que la abuela Rosita había dejado encargada antes de irse, sin que nadie la escuchara, en la caja de música que el tiempo no pudo enmohecer del todo.
La música era más fuerte.
Y esa noche, en esa plaza, con esa niña, la música había ganado.
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