El pacto macabro de mi tía: Por qué nunca debes ignorar la advertencia de un chamán

Publicado por Planetario el

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en la garganta queriendo saber qué pasó exactamente cuando mi hermano cruzó esa reja. Ponte cómodo y respira profundo, porque lo que vivimos esa madrugada en el cementerio es mucho más oscuro, triste y aterrador de lo que te imaginas.

El primer paso hacia el abismo

Mi hermano Carlos siempre fue el valiente de la familia.

El escéptico.

El que se reía de las historias de brujas y espantos que contaba mi abuela.

Por eso, cuando el viejo chamán nos amenazó, Carlos no lo dudó.

Dio grandes zancadas hacia la salida.

El sonido de sus botas golpeando el cemento húmedo resonaba en todo el cementerio.

Nosotros solo mirábamos en silencio.

Nadie se atrevió a detenerlo.

Una parte de mí quería gritarle que volviera.

Que no lo hiciera.

Pero el miedo me tenía paralizado.

El chamán no le quitaba los ojos de encima.

Sus pupilas parecían dos pozos negros, profundos y sin fondo.

Carlos llegó a la enorme reja de hierro forjado.

El portón estaba abierto de par en par.

Afuera solo se veía la negrura de la calle solitaria.

Ni un carro. Ni una lámpara encendida.

Se giró hacia nosotros con una sonrisa burlona.

—Miren esto —gritó, con tono de triunfo.

Y entonces, levantó su pierna derecha.

La cruzó por encima de la línea invisible que dividía el panteón de la calle.

Su bota tocó el asfalto de afuera.

No pasaron ni dos segundos.

De repente, la sonrisa de Carlos desapareció.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si hubiera visto al mismísimo diablo.

Llevó sus dos manos a la garganta.

Empezó a hacer un sonido ahogado.

Como si estuviera tragando agua y tierra al mismo tiempo.

Intentó dar un paso atrás, pero no pudo.

Sus rodillas cedieron y cayó de cara contra el suelo, justo en la línea de la reja.

El horror que no podíamos explicar

Mi madre soltó un grito desgarrador.

—¡Mi hijo! ¡Ayuden a mi hijo!

Corrimos hacia él con la desesperación quemándonos el pecho.

Mi tío y yo lo agarramos por los brazos para arrastrarlo de vuelta al interior del cementerio.

Su cuerpo pesaba una tonelada.

Estaba completamente rígido.

Cuando lo logramos meter, lo volteamos boca arriba.

Lo que vi me revolvió el estómago.

De su nariz y de sus oídos salía un hilo de sangre espesa.

Tan oscura que parecía negra.

Estaba convulsionando violentamente.

Sus ojos estaban en blanco.

—¡Llamen a una ambulancia! —gritaba mi prima, histérica.

Saqué mi celular, pero mis manos temblaban tanto que se me cayó.

Cuando lo recogí, no había señal.

Cero barras.

Estábamos completamente incomunicados.

Volteé a ver al chamán.

Seguía parado junto a la tumba abierta de mi tía.

No se había movido ni un centímetro.

Caminé hacia él, lleno de rabia y terror.

—¡¿Qué le hizo?! ¡¿Qué le hizo a mi hermano?! —le grité.

El viejo me miró con una calma que me dio escalofríos.

—Yo no le hice nada, muchacho.

Señaló hacia la oscuridad de la calle con su dedo huesudo.

—Ellos lo hicieron.

La verdad sobre la muerte de la tía

Nos quedamos helados.

¿Ellos? ¿Quiénes eran ellos?

El viento empezó a soplar más fuerte.

Levantaba remolinos de polvo y hojas secas a nuestro alrededor.

Los perros volvieron a chillar, más lejos esta vez.

El chamán se acercó a nosotros con paso lento.

Olía a tierra mojada y a algo muy antiguo.

—Su tía no murió de una enfermedad, ¿verdad? —preguntó, mirándonos a todos.

Mi madre se tapó la boca, llorando.

Era cierto.

Los médicos nunca supieron qué tenía.

Se fue secando en cuestión de semanas.

No comía, no dormía, solo miraba a las esquinas de su cuarto.

—Ella hizo un trato —dijo el chamán, bajando la voz.

—Un trato que no pudo pagar.

El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor.

Solo se escuchaba la respiración agitada de mi hermano en el suelo.

—Lo que sea que vino a cobrarle, se llevó su alma.

El chamán tragó saliva, mirando hacia el portón.

—Y ahora, esos cobradores están ahí afuera.

Nos explicó que la tumba era un terreno sagrado.

Un santuario temporal.

Mientras estuviéramos adentro del panteón, no podían tocarnos.

Pero si salíamos antes de que la luz del sol los ahuyentara…

Sufriríamos el mismo destino que la tía.

—Su hermano lo acaba de comprobar —sentenció el viejo.

Voces en la oscuridad

Eran apenas las once de la noche.

Faltaban horas para que amaneciera.

Horas que se convertirían en la peor tortura de nuestras vidas.

Nos agrupamos todos alrededor de la tumba de mi tía.

Hicimos una fogata pequeña con ramas secas para combatir el frío calador.

Carlos seguía inconsciente, pero respiraba más tranquilo.

Mi madre le acariciaba el pelo, rezando en susurros interminables.

Nadie hablaba.

El miedo nos había robado la voz.

Fue entonces cuando empezaron.

Los susurros.

Venían desde la calle, atravesando la reja del cementerio.

Eran voces suaves, casi dulces.

—Marta… Marta… ven aquí.

Mi tía Marta era la que estaba enterrada.

Pero luego, las voces cambiaron de nombre.

—Ana… sal un ratito… hace frío aquí afuera.

Ana es mi hermana menor.

Ella se tapó los oídos y empezó a llorar inconsolablemente.

Las voces imitaban a la perfección a nuestros seres queridos.

Escuché la voz de mi papá, que había fallecido diez años atrás.

—Hijo, ven a ayudarme. Estoy perdido.

La tentación de levantarme e ir hacia la reja fue inmensa.

Una fuerza hipnótica tiraba de mi pecho.

Sentí que me ponía de pie sin darme cuenta.

Pero una mano fuerte me agarró del brazo derecho.

Era el chamán.

—No los escuches. No son ellos —me susurró al oído, sacudiéndome con fuerza.

Parpadeé y salí del trance de golpe.

Estaba sudando frío.

Me había salvado por un pelo.

El precio de la salvación

Alrededor de las tres de la mañana, la situación empeoró gravemente.

Carlos empezó a convulsionar de nuevo en el suelo de tierra.

Esta vez, abrió los ojos, pero estaban completamente negros.

No había rastro de blanco en ellos.

—No tenemos tiempo —dijo el chamán, arrodillándose junto a él de inmediato.

—La marca que le dejaron afuera se está extendiendo.

El chamán sacó de sus ropas harapientas un pequeño frasco de vidrio oscuro.

Adentro había un líquido espeso, aceitoso y rojizo.

Comenzó a dibujar cruces y símbolos extraños en la frente sudorosa de mi hermano.

Luego, se acercó rápido a la tierra recién removida de la tumba de mi tía.

Agarró un puñado de tierra húmeda y apretó el puño.

Empezó a recitar unas palabras en un dialecto que jamás había escuchado.

Sonaba antiguo, como un lamento profundo nacido de la misma tierra.

El aire a nuestro alrededor se volvió tan pesado que costaba tragar.

La fogata parpadeó violentamente y se apagó de golpe.

Quedamos sumidos en la más absoluta oscuridad.

Solo se escuchaban los rezos frenéticos del chamán y los quejidos animales de Carlos.

Afuera, las cosas se pusieron violentas.

Empezaron a golpear la reja de hierro con una furia incontrolable.

¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!

Sonaba como si docenas de manos invisibles y desesperadas intentaran derribarla.

Mi madre y mi tía gritaban aterrorizadas, abrazadas en el suelo.

Yo me abracé a mi hermana Ana, cerrando los ojos con todas mis fuerzas.

Pensé que ese era el fin absoluto.

Que nos iban a arrastrar a la calle y nos harían pedazos.

Pero el chamán gritó una última frase, fuerte y clara, desafiando a la noche.

Y estampó el puñado de tierra fúnebre directamente en el pecho de mi hermano.

La luz que trajo la vida

Un silencio absoluto y repentino cayó sobre todo el panteón.

Los golpes salvajes en la reja cesaron de inmediato.

Las voces hipnóticas desaparecieron en el aire.

El frío paralizante se fue disipando poco a poco, dejándonos respirar de nuevo.

Abrí los ojos temblando de miedo.

Carlos dio una bocanada de aire enorme, como si emergiera de lo profundo del agua.

Empezó a toser violentamente, escupiendo restos de tierra negra.

Sus ojos habían vuelto a la normalidad, llenos de lágrimas.

—¿Qué… qué me pasó? —preguntó, desorientado y agotado.

Mi madre se abalanzó sobre él, bañándolo en llanto y abrazándolo con fuerza.

Miré hacia el este, por encima de los mausoleos más altos.

Una delgada, hermosísima línea de luz naranja comenzaba a pintar el horizonte oscuro.

El amanecer.

Habíamos sobrevivido a la noche más larga de nuestras vidas.

El chamán se puso de pie lentamente, limpiándose las manos manchadas en el pantalón.

Se veía exhausto, casi al borde del colapso.

Parecía haber envejecido diez años en esas pocas horas.

—Ya pueden irse —nos dijo, con una voz apenas audible.

—Pero nunca, jamás olviden lo que vieron y aprendieron hoy.

Caminó de regreso hacia la zona de las tumbas viejas por donde había aparecido.

Quise correr tras él, darle las gracias o dinero.

Pero antes de que pudiera hablar, desapareció entre la espesa neblina de la mañana.

Recogimos nuestras cosas en silencio, aún en estado de shock.

Ayudamos a Carlos a caminar, sosteniéndolo de ambos brazos.

Aún estaba muy débil, pero su corazón latía y estaba vivo.

Cuando finalmente cruzamos la enorme reja hacia la calle, el sol ya iluminaba todo a nuestro alrededor.

Miré hacia atrás una última vez.

El cementerio se veía tranquilo, silencioso, completamente normal.

Pero nosotros sabíamos la verdad.

Sabíamos que bajo esa tierra descansaba mi tía, atada a un secreto que casi nos cuesta la vida a todos.

Desde esa terrible madrugada, nunca más volví a dudar de las cosas invisibles.

Y si alguna vez, en medio de la pena, un anciano desconocido se te acerca en un panteón y te advierte que no salgas…

Hazle caso, sin dudarlo ni un segundo.

Porque tu alma y tu vida podrían depender de ello.


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