El hombre que humilló a la anciana en el mercado no sabía que el oficial que lo detuvo era su hijo

Publicado por Planetario el

Sabes que llegaste hasta aquí porque algo en esa escena te revolvió el estómago, porque necesitabas saber qué pasó después de que el oficial pronunciara esas palabras.

¿Cuántas veces hemos visto a alguien poderoso aplastar a quien no puede defenderse?

¿Y cuántas veces hemos deseado, con toda el alma, que la justicia llegue en el momento exacto?

Esta historia empieza como tantas otras en los mercados de México, pero termina de una manera que ni el más optimista se atrevería a imaginar.

El sol de la tarde caía oblicuo sobre las piedras del mercado, alargando las sombras de los puestos y tiñendo el aire de ese dorado espeso que solo existe en los pueblos.

Doña Refugio llevaba cuarenta años vendiendo naranjas en esa misma esquina.

Cuarenta años despertando a las cuatro de la mañana, cargando cajones que pesaban más que su propio cuerpo, pidiendo prestado el diablito para transportar la mercancía desde la central de abastos.

Cuarenta años de sol y polvo, de manos agrietadas y espalda doblada.

Esa tarde, como todas las tardes, acomodaba sus naranjas con el cuidado de quien sabe que cada pieza es el sustento de una familia.

Su nieta estudia enfermería gracias a esas naranjas.

Su hijo menor terminó la secundaria gracias a esas naranjas.

Ella siguió vendiendo, incluso cuando ya no tenía que hacerlo, porque el mercado era su vida, su lugar en el mundo, su identidad.

El hombre de la guayabera blanca llegó como llegaban siempre los que se creen dueños de todo: sin pedir permiso, sin saludar, sin mirar a los ojos.

Don Everardo, así se llamaba, aunque todos le decían «el Patrón» por lo bajo, tenía cincuenta y cinco años y una forma de caminar que anunciaba su llegada como un trueno anuncia la tormenta.

Tres cadenas de oro colgaban de su cuello, y cada una pesaba lo que una semana de trabajo de doña Refugio.

Él no vendía fruta.

Él «administraba» el acceso al mercado, cobraba «derechos de piso» a los locatarios, decidía quién podía vender y quién no, con la misma autoridad con la que un rey decide quién vive en su reino.

A su paso, los vendedores bajaban la mirada.

Nadie quería problemas con el Patrón.

Aquel día, el problema fue el cajón de naranjas que sobresalía apenas unos centímetros del espacio de la banqueta que doña Refugio ocupaba desde antes de que don Everardo naciera.

No estorbaba el paso.

No bloqueaba ningún puesto.

Pero el Patrón decidió que esa esquina era suya, que esas piedras le pertenecían, que esa vieja flaca y arrugada estaba de más.

—¡Lárgate de aquí, vieja! ¡Solo estorbas!

El grito retumbó entre los puestos del mercado.

La gente se volteó.

Los que estaban cerca, bajaron la cabeza.

Los que estaban lejos, se acercaron con cautela, como quien mira un accidente sin querer verlo.

Don Everardo no se detuvo ahí.

Con un movimiento brusco, con esa crueldad que nace del poder absoluto, empujó el cajón de madera con las dos manos.

La madera golpeó el suelo con un sonido seco.

Las naranjas rodaron por las piedras, chocando entre sí, escapándose por todos lados, una de ellas pasando sobre un tomate que ya estaba aplastado, mezclando su pulpa con la tierra.

Cuarenta años de trabajo esparcidos por el suelo.

Cuarenta años de dignidad pisoteada en un solo gesto.

La gente del mercado contuvo la respiración.

Alguien, en algún lugar entre los puestos, alcanzó a susurrar:

—Ese hombre no tiene madre.

Y entonces doña Refugio hizo lo que nadie esperaba.

No gritó.

No reclamó.

No maldijo al Patrón ni pidió justicia.

Se arrodilló lentamente, con esa dignidad que solo tienen los que han resistido toda una vida, y extendió sus manos callosas hacia las naranjas dispersas.

Sus dedos temblaban.

Una lágrima se le escapó de los ojos, corriendo por las arrugas profundas de su rostro como un río que conoce todos los caminos de la piel.

—Solo quiero vender mi fruta, joven.

Su voz era un hilo.

Un hilo delgado, quebrado, que se perdía entre el ruido del mercado y las risas de los que celebraban la escena.

—Solo quiero vender mi fruta.

Repitió, como si decirlo dos veces pudiera hacerlo más real, más legítimo, más merecedor de respeto.

El Patrón la miró desde arriba, con el desprecio de los que nunca han tenido que arrodillarse para ganarse el pan.

—Vieja estúpida —masculló, y se dio media vuelta.

No vio a la joven que grababa.

No vio el teléfono levantado entre la multitud, captando cada instante, cada palabra, cada gesto de crueldad.

No vio los ojos de la muchacha, apretados con indignación silenciosa, mientras registraba en su memoria lo que acababa de presenciar.

Se llamaba Lupita, tenía veinticinco años y una blusa blanca bordada de flores que su madre le había regalado el día que cumplió la mayoría de edad.

Vendía artesanías a tres puestos de distancia.

Había visto al Patrón humillar a otras personas antes.

Pero esa tarde, algo se le revolvió por dentro.

El oficial Camareno venía caminando por el mercado en dirección contraria cuando escuchó los gritos.

Cuarenta y cinco años, uniforme impecable, botas brillantes.

Había pasado por el mercado camino a su casa, pensando en la cena que le esperaba, en el partido de fútbol que quería ver, en las pequeñas cosas que hacen la vida llevadera después de un turno de doce horas.

Pero se detuvo.

Alguien le tocó el hombro.

—Oficial, oficial, ¿ya vio? Ese señor le volteó el cajón a la señora Refugio.

El oficial miró hacia la escena.

Vio a la anciana arrodillada entre sus naranjas.

Vio al hombre engreído alejándose como si nada hubiera pasado.

Vio a la gente mirando, murmurando, pero sin hacer nada.

Y entonces, el oficial Camareno sintió que algo se le apretaba en el pecho.

Un recuerdo.

Una imagen de otra época.

Una mujer joven, con una trenza larga, cargando cajones pesados en el mismo mercado, con la misma ropa modesta, con las mismas manos callosas.

El oficial Camareno caminó directo hacia don Everardo.

No corrió.

No gritó.

Caminó con la calma de los que saben que la justicia tiene que ser administrada, no implorada.

El mercado entero lo vio.

Los vendedores, los compradores, los curiosos que se habían detenido a presenciar la humillación.

Todos vieron al oficial de uniforme acercarse al hombre de la guayabera blanca.

Nadie sabía lo que iba a pasar.

Todos sintieron que algo importante estaba por ocurrir.

—Don Everardo.

No fue un grito.

Fue una voz firme, controlada, que cortó el aire del mercado como un cuchillo.

El hombre se volteó, fastidiado, listo para amenazar a quien se atreviera a interrumpirlo.

Y entonces vio el uniforme.

—Oficial —dijo, cambiando el tono—. Todo está en orden aquí, solo estaba… limpiando el lugar.

Pero la mano del oficial ya se había cerrado alrededor de su brazo.

Los dedos enguantados apretaron la tela de la guayabera, formando un pliegue de diez centímetros que quedaría como marca de ese momento.

El oro de las cadenas brilló con el sol de la tarde.

Don Everardo intentó soltarse.

No pudo.

—¿Qué hace? —protestó—. Yo no he hecho nada. Pregunte a cualquiera, yo soy un hombre de negocios respetado aquí.

El oficial no respondió.

Se inclinó hacia él.

Su cara quedó a centímetros de la cara del Patrón.

Y entonces, en un susurro cargado de una furia helada que don Everardo jamás olvidaría, el oficial dijo:

—Esa mujer es mi madre.

El silencio que siguió fue más pesado que todos los cajones de naranjas que doña Refugio había cargado en su vida.

Los ojos de don Everardo se abrieron.

Su boca se quedó a medio abrir, las palabras congeladas en la garganta.

—¿Qué…?

No pudo terminar.

El oficial lo soltó.

Y entonces, en un gesto que ningún guionista de televisión habría escrito porque resulta demasiado perfecto, demasiado justo, demasiado hermoso para ser verdad, sacó su teléfono.

La pantalla se encendió.

Y ahí estaba la escena completa.

El cajón volando por el aire.

Las naranjas rodando por las piedras.

La anciana arrodillada.

Don Everardo, el poderoso Patrón, el dueño del mercado, el hombre intocable, con el dedo acusador apuntando hacia la mujer indefensa.

—Este sujeto no sabía a quién enfrentó —dijo el oficial, mirando directamente a la cámara del teléfono que Lupita seguía grabando—. ¿Quieren ver cómo terminó? Primer comentario.

Pero esta historia no termina ahí.

Porque después de ese momento, cuando el video se hizo viral y miles de personas en todo México y América Latina vieron la escena, hubo algo más que pasó.

Algo que solo los que estaban en el mercado esa tarde pudieron presenciar.

El oficial Camareno caminó hacia su madre.

Doña Refugio seguía de rodillas, juntando sus naranjas con manos temblorosas.

No había visto nada de lo que acababa de pasar.

No había escuchado las palabras de su hijo.

Estaba demasiado concentrada en salvar lo que quedaba de su mercancía, en rescatar las naranjas que todavía estaban intactas, en no perder el poco dinero que le quedaba para comprar la cena.

El oficial se arrodilló frente a ella.

—Mamá.

La palabra cayó como una bendición sobre el mercado entero.

Los vendedores que estaban cerca dejaron de fingir que no miraban.

Una mujer se llevó la mano al pecho.

Un anciano se quitó el sombrero.

Doña Refugio levantó la vista, confundida.

—¿Mijo? —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a verte, mamá.

El oficial tenía la voz quebrada.

—¿Por qué no me dijiste que estaba pasando esto? ¿Por qué no me llamaste?

—Mijo, tú tienes tu trabajo. No quiero que te metas en problemas por mí.

El oficial respiró hondo.

—Mamá, yo soy policía. Mi trabajo es proteger a la gente. ¿Y sabes qué? A la gente que más quiero proteger es a ti.

La escena fue demasiado para muchos.

Don Alfredo, el carnicero del puesto de al lado, se secó los ojos con su mandil manchado de sangre.

La señora Rosario, que vendía chiles secos dos puestos más allá, se persignó tres veces.

Lupita, la joven que había grabado todo, bajó su teléfono y sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas sin que pudiera detenerlas.

Y en el suelo, entre las naranjas que ya estaban salvadas, doña Refugio abrazó a su hijo con la fuerza de cuarenta años de trabajos, de sacrificios, de madrugadas y de silencio.

—Ay, mijo, me da vergüenza que me veas así.

—No tienes nada de qué avergonzarte, mamá. Tú eres la mujer más fuerte que conozco.

Pero la historia no termina ahí.

Porque don Everardo no se quedó quieto.

El hombre que había humillado a la anciana frente a todo el mercado, el mismo que se había sentido intocable solo unos minutos antes, sintió que el suelo se le movía bajo los pies.

Había visto el teléfono del oficial.

Había visto el video.

Sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

—Oficial —dijo, con la voz temblorosa—, ¿podemos arreglar esto? Yo… yo puedo pagar. Tengo dinero. Puedo darle lo que quiera a su madre.

El oficial se levantó lentamente.

Se sacudió el polvo del uniforme.

Y enfrentó al hombre que, hasta hacía diez minutos, era el rey del mercado.

—Señor —dijo el oficial—, esta situación ya no está en mis manos.

—¿Cómo? ¿Qué quiere decir? —preguntó don Everardo, sintiendo que el pánico le subía por la garganta.

El oficial señaló el teléfono, al mercado, a toda la gente que estaba observando.

—Quiere decir que todos estos testigos vieron lo que usted hizo. Quiere decir que hay un video que se está compartiendo ahora mismo. Quiere decir que usted va a responder por lo que hizo.

—Pero… yo soy un hombre importante.

—Y ella es mi madre.

La gente del mercado empezó a aplaudir.

Primero fue un aplauso tímido, uno solo, de alguien que sintió que no podía quedarse callado.

Luego otro.

Y otro.

En menos de un minuto, el mercado entero estaba aplaudiendo.

Silbaban.

Gritaban.

Celebraban.

Don Everardo miró a su alrededor con los ojos desorbitados.

Vio rostros que le había visto temblar durante años.

Vio a mujeres que bajaban la mirada cuando él pasaba.

Vio a hombres que se quitaban el sombrero cuando él los saludaba.

Y ahora lo miraban con desprecio.

Con lástima.

Con la misma crueldad con la que él había mirado a doña Refugio solo minutos antes.

Doña Refugia se levantó del suelo.

Su hijo le tomó el brazo, ayudándola a caminar.

—Vamos, mamá, vámonos a casa.

—Pero mis naranjas…

Las dejamos. Mañana regresamos a recogerlas. Ahora hay que buscar a un abogado.

—¿Abogado? ¿Para qué, mijo?

El oficial sonrió, pero fue una sonrisa grave, una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Para demandar a ese tipo. Por daños. Por amenazas. Por todo lo que podamos.

Doña Refugio se detuvo.

Miró a su hijo a los ojos.

—Mijo, yo no quiero problema.

—No es problema, mamá. Es justicia.

Y entonces, la mujer que había aguantado cuarenta años de abusos, la anciana que se había arrodillado para recoger sus naranjas mientras un hombre la humillaba, la madre que le había enseñado a su hijo a ser honesto y trabajador, hizo algo que nadie esperaba.

Sonrió.

—Está bien, mijo. Vamos a hacer lo que sea. Pero primero… —Señaló el puesto que su hijo había visitado desde niño—. Cómprame una torta. Tengo hambre.

El oficial se rió.

Era la primera vez que se reía en todo el día.

—Claro, mamá. Lo que quieras.

Mientras madre e hijo caminaban juntos hacia el puesto de tortas, el mercado fue volviendo lentamente a la normalidad.

Los aplausos cesaron.

Las miradas se desviaron.

Don Everardo se quedó solo en el centro de la escena, con la guayabera arrugada donde la mano del oficial lo había sujetado, las cadenas de oro brillando absurdamente en el sol de la tarde.

Nadie se acercó a hablarle.

Nadie lo defendió.

Nadie le ofreció una salida.

El rey del mercado había caído.

Y todos lo habían visto.

Horas más tarde, ya en su casa, doña Refugio se sentía en su vieja mecedora de madera, con un vaso de agua de horchata en la mano.

Su nieta estudiaba en su cuarto.

Su hijo estaba sentado en el sofá, mirando su teléfono con una sonrisa.

—Mijo, ¿por qué sonríes tanto?

El oficial levantó la vista.

—El video, mamá. Ya tiene más de dos millones de vistas.

—¿Dos millones? Ay, Dios mío. Yo no quería tanta bulla.

—Mamá, ¿sabes cuánta gente te está apoyando? Los comentarios están llenos de gente diciendo que tú les recuerdas a su propia madre. A su abuela. A sus tías.

Doña Refugia tomó un sorbo de su horchata.

—Yo solo quería vender mis naranjas, mijo.

—Lo sé, mamá. Y eso es exactamente lo que vas a seguir haciendo. Pero ahora, sin que nadie te moleste.

—¿Y el Patrón?

El oficial se quedó callado unos segundos.

—No te preocupes por el Patrón. La fiscalía ya está investigando. Y se me hace que va a tener que explicar más de un asunto en el mercado.

—Ay, mijo. Ese hombre tiene poder.

—No tanto como antes, mamá. El poder se le acabó el día que decidió faltarle el respeto a una mujer delante de todo el mercado. Y más cuando esa mujer resultó tener un hijo con un uniforme, un arma y una grabación de todo lo que pasó.

Doña Refugia sonrió.

No era una sonrisa de venganza ni de triunfo.

Era una sonrisa de paz.

De saber que después de cuarenta años, de todas las veces que aguantó en silencio, de todas las veces que bajó la cabeza para no perder su puesto, de todas las madrugadas que se levantó cansada y dolorida, alguien finalmente había puesto un alto.

Y ese alguien era su sangre.

Su hijo.

Su pequeño Camareno, que de niño la acompañaba al mercado y se dormía debajo del puesto entre las cajas de naranjas, porque su madre no tenía con quién dejarlo mientras trabajaba.

—¿Y sabes qué, mijo?

—¿Qué, mamá?

—Hoy sí voy a dormir bien.

—Yo también, mamá.

El mercado amaneció al día siguiente con un ambiente distinto.

Los vendedores llegaron temprano, como siempre.

Pero algo había cambiado.

Don Everardo no apareció.

Y cuando apareció, dos días después, no era el mismo.

Sin su guayabera blanca impecable.

Sin sus cadenas de oro.

Entró caminando despacio, con la cabeza baja, acompañado por un abogado que cargaba una carpeta llena de papeles.

Caminó directo al puesto de doña Refugia.

La anciana estaba acomodando sus naranjas, una por una, con la misma paciencia de siempre.

—Señora Refugio.

Levantó la vista.

—¿Sí?

—Quiero… quiero disculparme. Por lo que hice. No tuve derecho de… —Miró hacia abajo, incapaz de sostenerle la mirada—. No tuve derecho.

Doña Refugia lo miró largamente.

—¿Sabe qué, joven? A mí me enseñaron que la disculpa es importante. Que cuando uno hace algo mal, debe reconocerlo.

Don Everardo asintió, aliviado.

—Entonces… ¿me perdona?

—Le perdono, sí. Pero venga conmigo.

Y sin dar más explicaciones, la anciana tomó al hombre de la mano, como una abuela toma la mano de un nieto que se ha portado mal, y lo llevó hacia el centro del mercado.

—Miren todos —dijo con voz firme—. Este hombre quiere disculparse conmigo. Y yo lo perdono. Pero también quiero que todos sepan que aquí vengo yo, a vender mis naranjas, con mi puesto, como lo he hecho por cuarenta años. Y nadie me humilla. Nadie. ¿Entendido?

Don Everardo asintió.

El mercado entero miraba.

—Y ahora —dijo doña Refugia, soltando la mano del hombre—, vaya a comprar su mercado en otro lado. Ya me aburrí de verlo.

Un murmullo recorrió el mercado.

Alguien se rió.

Luego otro.

Y pronto, todos se reían.

No con crueldad.

Con alivio.

Con la alegría de ver que el ciclo se había cerrado.

Y mientras tanto, en el puesto de artesanías de Lupita, la joven con la blusa bordada de flores miraba el mundo de otra manera.

Su video había sido visto millones de veces.

Había recibido cientos de mensajes de personas que le agradecían haber grabado.

Había aparecido en la televisión local, contando lo que había visto y por qué decidió filmarlo.

—Yo solo pensé —dijo en la entrevista— que si no grababa eso, nadie le creería. Y quería que todos supieran cómo es el mercado. Cómo es la vida de los que venden aquí. Cómo es la gente que se mata trabajando aunque nadie le valore.

Las palabras de Lupita llegaron lejos.

Más lejos que el mercado.

Más lejos que la ciudad.

Llegaron a miles de hogares en todo México y Latinoamérica.

Y en cada hogar, alguien recordó a una madre, una abuela, una tía, una vecina que se había levantado una vez más, a pesar de todo, para llevar comida a la mesa.

Entre las naranjas de doña Refugio y las flores bordadas de Lupita, algo había despertado.

Ese algo se llama dignidad.

El oficial Camareno sigue en su trabajo.

Sigue patrullando las calles, sigue protegiendo a la gente, sigue siendo el mismo de siempre.

Pero ahora, cuando pasa por el mercado, las manos se levantan para saludarlo.

Los niños corren a verlo.

Los vendedores le ofrecen fruta.

Y cuando llega al puesto de doña Refugia, se inclina y le da un beso en la mejilla.

—¿Cómo amaneciste, mamá?

—Bien, mijo. Las naranjas están bonitas esta mañana. Mira cómo brillan con el sol.

El oficial mira las naranjas.

Y sonríe.

—Sí, mamá. Están preciosas.

—Toma unas para tu casa.

—Gracias, mamá.

—No, gracias a ti, mijo. Por recordarme que todavía tengo razones para sonreír.

Hay historias que parecen sacadas de una película.

Hay momentos en que la vida escribe un guion que ningún escritor se atrevería a imaginar porque resultaría demasiado increíble.

La del oficial que defendió a su madre sin el mercado no sabía quién era.

La de la anciana que se arrodilló entre sus naranjas y se levantó con más dignidad que todos sus agresores juntos.

La de la joven que, con un simple teléfono, capturó la injusticia y la transformó en un movimiento de solidaridad.

Esta historia habla de uno de esos momentos.

Y cuando la cuentas, la gente asiente.

Porque la han vivido.

Porque la han visto.

Porque saben que el éxito de la venganza no está en el golpe que se devuelve, sino en la fuerza con la que una persona se levanta después de haber sido derribada.

Doña Refugia no vendió todas sus naranjas ese día.

Se llevó algunas a casa, las puso en el frutero, y las miró con cariño mientras preparaba la cena.

Su nieta llegó de la escuela y le mostró el video en su teléfono.

—Mira, abuela, ya tiene cinco millones de vistas.

La anciana arqueó una ceja.

—¿Y eso es bueno?

Su nieta se rió.

—Sí, abuela. Es buenísimo. Todo el mundo está hablando de ti.

—Pues yo no dije nada. Solo estaba vendiendo mis naranjas.

—¿Y qué le dijiste al señor cuando te empujó el cajón?

Doña Refugia se quedó pensando un momento.

—Le dije que nomás quería vender mi fruta. Y que mi hijo es policía. —Sonrió—. Se me hace que con eso bastó.

—¿Y no te da miedo que el señor quiera hacer algo en contra tuya?

—Mija, yo llevo cuarenta años acá. Yo he visto pasar a muchos patrones. Y todos caen. Todos. Solo es cuestión de tiempo. De que llegue alguien que no les tenga miedo.

La nieta la abrazó.

—Te quiero mucho, abuela.

—Y yo a ti, mija. Ahora, ayúdame a pelar estas naranjas que vamos a hacer un agua bien fresca.

Cuando el sol se ponía sobre el mercado, el oficial Camareno dio su última ronda del día.

Pasó por el mercado vacío y sintió una paz que no sentía hace tiempo.

El puesto de su madre estaba ahí, con la lona apenas cerrada, esperando el amanecer.

El puesto de Lupita, con sus artesanías guardadas, esperando el domingo que venía más gente.

El lugar donde había ocurrido todo, ahora en silencio.

—¿Qué tal, oficial?

Se volteó.

Don Everardo estaba de pie, unos metros atrás, con las manos en los bolsillos.

Sin cadenas.

Sin guayabera.

Con una camisa sencilla y un semblante distinto.

El oficial lo miró.

—Buenas tardes.

—Mire, oficial… solo quería decirle que usted tuvo razón. En todo. Me da vergüenza lo que hice. Y no solo con su madre. Con tanta gente… tantos años…

El oficial no respondió.

A veces, el silencio es la respuesta más justa.

—Sé que usted no me va a creer —continuó don Everardo—, pero voy a cambiar. De verdad. La fiscalía me está investigando y voy a pagar lo que deba pagar. Pero también quiero decirle que… que esa tarde, cuando usted me detuvo, fue la primera vez que alguien me puso un límite. Y me hizo bien.

El oficial respiró hondo.

—¿Por qué me cuenta todo esto?

—Porque usted me escuchó. Mis amigos no me escuchan. Mi familia no me escucha. Pero usted me escuchó. Gracias.

Don Everardo le dio la espalda y caminó hacia la salida del mercado.

El oficial se quedó solo, mirando la figura que se alejaba, las naranjas de su madre todavía brillando con la luz del atardecer.

Sabía que nadie se salva solo.

Que todos necesitamos que alguien ponga un límite.

Que todos merecemos una segunda oportunidad.

Pero también sabía que la justicia no se trata solo de castigar.

Se trata de que la gente aprenda.

Y aquella tarde, en aquel mercado mexicano, dos hombres habían aprendido una lección que no olvidarían jamás.

Esa mujer, la que todos querían que se callara, la que todos querían que se fuera, la que todos ignoraban cuando pasaba, resultó ser la madre del oficial.

La historia se escribió sola.

Y no hace falta contar cómo terminó.

Porque la verdadera justicia nunca termina.

Se queda sembrada en los corazones de los que la vieron florecer.

Y ahora, dondequiera que estés, piensa en tu propia madre.

En la mujer que te cargó, que te cuidó, que te enseñó a levantarte.

¿Cuántas veces la has visto arrodillarse para que tú no tengas que hacerlo?

¿Cuántas veces la has visto recibir humillaciones con la cabeza en alto, sin quejarse, sin rendirse?

Si tienes la bendición de que todavía esté aquí, ve y dile que la quieres.

Porque el mercado te enseña muchas cosas.

Pero la más importante es que nadie sabe cuándo será la última vez que veas a los que amas.

Doña Refugia sigue vendiendo naranjas.

Y su hijo sigue pasando por el mercado, cada tarde, para darle un beso en la mejilla.

El oficial asegura que el mercado debería estar limpio.

Pero ella prefiere que no.

Así su hijo siempre tiene una razón para visitarla.


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