El crujido de las botas de combate al pisar los envoltorios de plástico y el cartón roto fue el único sonido que rompió el silencio del lúgubre callejón.

El estrecho callejón olía a humedad, basura acumulada y a un abandono imperdonable. El soldado, de 35 años, cayó de rodillas sobre la suciedad. Llevaba su uniforme militar de camuflaje pixelado de desierto, con el parche de la bandera de México en el brazo izquierdo y un reloj táctico negro en la muñeca. Su rostro musculoso estaba completamente afeitado, liso y sin un solo pelo de barba ni bigote. Sus ojos, totalmente al descubierto y sin rastro de lentes, se llenaron de lágrimas al ver la escena que tenía enfrente.
Acostada sobre unos cartones destrozados estaba su madre, de 98 años. Su piel estaba profundamente arrugada y su cabello canoso se mezclaba con la suciedad del suelo. Vestía un suéter oscuro cubierto por una manta a cuadros azul y gris, y sus manos temblorosas apretaban con fuerza un gran rosario de madera sobre su regazo. Sus ojos cansados, también libres de anteojos, lo miraron con un dolor que le heló la sangre.
«Mamá, volví. ¿Por qué estás durmiendo en este callejón de basura? Me rompes el corazón», sollozó el soldado con la voz quebrada, acariciando suavemente la frente de su madre.
«Mijito, tu mujer me echó de la casa, como si fuera una rata», respondió la anciana con una voz débil y temblorosa.
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