Me reí en la cara de una niña con las manos llenas de grasa. Fui un completo imbécil.

Publicado por Planetario el

Llevaba un mes con mi Bugatti inservible. Tenía un ruido infernal en el motor que nadie, ni los «mejores expertos» de la ciudad, lograban encontrar. Todos me decían lo mismo: el motor está frito, te va a costar una fortuna.

Por pura desesperación terminé en un taller de mala muerte a las afueras. Ahí estaba ella. Tendría unos 15 años, flaquita, con el overol tres tallas más grande y la cara sucia de aceite.

—»Déjeme escucharlo, señor», me dijo.

Solté una carcajada en su cara. —»Niña, esto no es un juguete. Es un motor de millones. Llama a tu jefe antes de que rompas algo».

Ella ni siquiera parpadeó. Me ignoró por completo y se acercó al capó abierto. Olía a gasolina y a metal quemado. De pronto, sentí un escalofrío en la nuca. Algo no cuadraba.

La niña cerró los ojos y pegó la oreja al metal hirviendo del motor. Parecía que el auto le estaba susurrando un secreto. Metió la mano izquierda entre los fierros. Sin guantes. Sin dudar un solo segundo.

Se escuchó un «clac» seco. Fueron menos de 30 segundos.

—»Enciéndalo», ordenó.

Giré la llave temblando de coraje. El motor rugió. Perfecto. Impecable. El ruido infernal había desaparecido por completo.

Me bajé del auto, mudo, sacando mi billetera para tragarme mi orgullo. Pero cuando le fui a entregar los billetes, ella me agarró del brazo. Su mano estaba helada.

—»El motor ya está bien», me susurró mirándome fijo a los ojos. —»Pero lo que acabo de sacar de ahí adentro… usted tiene que verlo».

Y entonces abrió su puño.

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