La Promesa de Ultratumba: Lo que la cámara de seguridad grabó minutos antes de que yo hablara con un muerto

(Nota para los lectores que vienen de Facebook: Si acabas de leer la primera parte en nuestra página, esta es la continuación directa y el final definitivo de la historia de Roberto y su amigo Luis. Prepárate, porque lo que estás a punto de leer cambió mi vida para siempre).
El pasillo que separaba la oficina del ingeniero del patio trasero nunca me había parecido tan largo. Sentía las piernas como si fueran de plomo, pesadas y torpes, mientras mi corazón bombeaba sangre a una velocidad que me hacía zumbar los oídos. «No puede ser, no puede ser», me repetía mentalmente, tratando de bloquear la imagen de esa esquela fúnebre que acababa de ver sobre el escritorio. Luis… mi compadre, mi hermano de otra madre, ¿muerto?
La mente humana es curiosa. En situaciones de pánico, busca explicaciones lógicas desesperadamente. Pensé que era una broma macabra del ingeniero para no pagarme. Pensé que quizás yo estaba alucinando por los vapores del disolvente. Pero el frío que había sentido al tocar el hombro de Luis no era una alucinación. Ese tacto duro, rígido, como tocar un trozo de mármol en invierno, seguía impregnado en la palma de mi mano derecha.
Llegué al marco de la puerta que daba al patio. La noche ya había caído por completo y solo la luz amarillenta de un farol de la calle iluminaba la escena.
La escalera de aluminio seguía allí, recargada contra la pared que habíamos estado lijando horas antes. Pero Luis ya no estaba. El lugar estaba desierto. El silencio era tan profundo que el sonido de mi propia respiración agitada me asustaba. Sin embargo, no estaba vacío del todo. Mis ojos bajaron hacia el suelo, justo al pie de la escalera, donde minutos antes había visto las botas viejas y manchadas de pintura de mi amigo.
Lo que vi me obligó a taparme la boca para no gritar.
H2: El rastro de tierra negra y la espátula maldita
Ahí, en el piso de cemento limpio, había un charco de agua oscura, lodosa. Era inconfundible. No había llovido en semanas; el clima había sido seco y árido. Pero ese charco olía a pantano, a flores podridas, a ese olor dulzón y repugnante que se siente cuando pasas cerca de un cementerio antiguo después de una tormenta.
En medio del lodo, brillaba algo metálico. Me agaché, temblando, y lo recogí. Era la espátula favorita de Luis. La reconocí al instante porque él mismo le había tallado sus iniciales, «L.M.», en el mango de madera con una navaja hace años.
Pero la espátula no estaba manchada de pintura blanca ni de yeso. La hoja de metal estaba cubierta de tierra negra, húmeda y grumosa. Tierra de panteón. Al sostenerla, una oleada de recuerdos me golpeó con la fuerza de un tren.
Recordé la conversación que tuvimos la semana pasada, antes de empezar este trabajo. Yo estaba desesperado. Mi hija pequeña, Sofía, necesitaba una operación de la vista urgente y yo no tenía ni un peso. El seguro no lo cubría y el tiempo se agotaba. Luis, que siempre había sido el padrino más consentidor, me miró a los ojos ese día y me hizo una promesa que en ese momento me pareció normal, pero que ahora cobraba un sentido aterrador.
— «No te preocupes, compadre. Agarramos esa chamba de la casona vieja. Yo no te voy a dejar solo. Aunque se me caiga el mundo encima, sacamos esa lana para la niña. Te lo juro por mi madre».
Las lágrimas empezaron a nublarme la vista. Luis había cumplido. Había venido a trabajar conmigo toda la semana. Había lijado, había cargado botes, había subido a esa escalera… estando muerto. Su lealtad hacia mí y su amor por mi hija habían sido más fuertes que la propia muerte. Pero, ¿cómo era posible? ¿Cómo nadie más lo vio?
En ese momento, escuché los pasos apresurados del ingeniero detrás de mí.
H2: La evidencia imposible en las cámaras de seguridad
El ingeniero llegó jadeando, con una linterna en la mano y la cara todavía pálida del susto. Me vio sosteniendo la espátula llena de tierra y retrocedió un paso, persignándose instintivamente.
— «¿Qué es eso? ¿Qué haces ahí?» —preguntó con voz temblorosa.
— «Es de Luis» —le dije, levantando la herramienta—. «Él estuvo aquí. Trabajó conmigo. Mire la pared, ingeniero. Mire la pared alta».
El ingeniero alzó la linterna hacia la parte superior de la fachada, a unos cuatro metros de altura. Esa zona era difícil, requería mucha fuerza y equilibrio. Ahí estaba el trabajo terminado: un lijado perfecto, liso, listo para recibir la pintura.
— «Imposible…» —murmuró el hombre—. «Tú no pudiste hacer eso solo en tres días. Es trabajo de dos personas, mínimo».
— «Yo no subí ahí» —respondí con firmeza—. «Luis lo hizo. Él me dijo que se encargaba de lo alto porque a mí me dolía la espalda».
El ingeniero negó con la cabeza, debatiéndose entre el miedo y la incredulidad. Me agarró del brazo y me jaló hacia adentro de la casa.
— «Ven a la oficina. Ahora mismo. Vamos a ver las cámaras de seguridad. Si alguien entró aquí contigo, tiene que estar grabado».
Caminamos de vuelta en silencio. El ambiente se sentía pesado, cargado de una electricidad estática que erizaba los vellos de los brazos. Al entrar a la oficina, el ingeniero se sentó frente al monitor y empezó a rebobinar las grabaciones del patio trasero.
Sus manos temblaban tanto que le costaba manejar el ratón. Encontró el archivo de esa tarde, justo a la hora en que yo recordaba estar trabajando en la parte baja mientras Luis estaba en la escalera.
— «Ahí estás tú» —señaló la pantalla.
La imagen era en blanco y negro, con ese grano típico de las cámaras nocturnas. Me vi a mí mismo, lijando la parte inferior de la pared. Se me veía cansado, parando a veces para limpiarme el sudor.
— «¿Y dónde está él?» —preguntó el ingeniero, triunfante pero asustado.
La escalera estaba ahí. Pero sobre ella… no había nadie. O al menos, no había una persona de carne y hueso.
— «Mire bien» —le dije, señalando un punto en la pantalla.
La escalera se movía. Vibraba ligeramente como si alguien estuviera subiendo y bajando. Y arriba, justo donde la lija tocaba la pared, se veía una especie de bruma. No era un error de la grabación. Era una sombra densa, una mancha de estática que tenía una forma vagamente humana. Y lo más impresionante: el polvo de la pared caía. La pared se estaba lijando sola.
El ingeniero soltó un grito ahogado y se echó hacia atrás en su silla, casi volcándola. En el video, se veía el momento en que yo me detenía, miraba hacia la escalera vacía y hablaba. Hablaba con el aire. Se veía cómo yo asentía, cómo me reía de algo que esa «nada» me decía.
Luego, la grabación mostró el final. Yo me acercaba a la escalera, extendía la mano y tocaba el aire (el momento en que le toqué el hombro). Y luego, la mancha de estática pareció disiparse, desvanecerse hacia el suelo, justo donde encontré el charco.
H2: El pago final y la despedida
El ingeniero apagó el monitor de un golpe, como si la máquina estuviera maldita. Se quedó mirando la pantalla negra, respirando con dificultad. Sabía que no había explicación lógica. Sabía que la ciencia no podía explicar cómo se lijaron esos metros de pared ni por qué la escalera crujía bajo un peso invisible.
Se levantó, abrió la caja fuerte con movimientos bruscos y sacó un sobre grueso. No contó el dinero. Simplemente me lo extendió con mano temblorosa.
— «Toma. Aquí está lo tuyo. Y… y lo de tu ayudante. Tómalo todo».
— «Ingeniero, esto es más de lo acordado» —le dije al sentir el grosor del sobre.
— «¡No me importa! ¡Llévatelo! Úsalo para lo que necesites, pero por favor, vete ya. Y dile a… dile a tu amigo que descanse. Que aquí no debe nada».
Salí de esa casona con el dinero apretado contra el pecho. El aire de la noche se sentía diferente ahora, más ligero, más limpio. Ya no sentía miedo. Sentía una gratitud inmensa y una tristeza profunda y dulce a la vez.
Fui directo al hospital. Con el dinero extra que el ingeniero me dio por el pánico, completé lo que faltaba para la operación de Sofía. Cuando la enfermera me recibió el pago y me dio la fecha para la cirugía, sentí que me quitaban una tonelada de encima.
Esa noche, antes de dormir, puse la espátula con las iniciales «L.M.» en una pequeña repisa que tengo en la sala, junto a una veladora. Me senté en el sofá y hablé en voz alta, sabiendo que ya no estaba loco.
— «Gracias, compadre. Ya descansa. La niña va a estar bien. Misión cumplida».
En ese instante, la llama de la veladora parpadeó con fuerza, aunque no había corriente de aire, y un olor inconfundible llenó la pequeña sala. Ya no era olor a tierra mojada ni a muerte. Olía a tabaco barato y a loción de lavanda. El olor de Luis cuando se arreglaba para salir los domingos.
Duró solo unos segundos, y luego se fue.
Conclusión
Nunca volví a esa casona y el ingeniero la vendió poco después, según me enteré. Sofía se operó y recuperó la vista por completo. A veces, cuando le cuento historias de su padrino, ella sonríe y dice que a veces sueña con un señor que huele a lavanda y que le dice que se porte bien.
Aprendí que la muerte es un límite físico, pero no espiritual. Las promesas hechas con el corazón, esas que se sellan con lealtad verdadera, tienen el poder de romper las reglas de este mundo. Luis no volvió para asustarme; volvió porque tenía una palabra que cumplir. Y un verdadero amigo nunca, nunca te deja tirado, ni siquiera cuando su cuerpo ya está tres metros bajo tierra.
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