La Maldición de la Primera Salida: Lo que Realmente Encontramos en la Reja del Cementerio

¡Bienvenido! Si vienes desde nuestra página de Facebook, ya conoces el terror que vivimos en el entierro del abuelo Alberto. Si no, prepárate, porque estás a punto de descubrir qué sucedió realmente cuando la tía Marta desafió la maldición de la anciana del cementerio.
El sonido fue lo peor. No fue un grito, ni un suspiro final. Fue el sonido seco de un cuerpo impactando contra el suelo duro, mezclado con el zumbido eléctrico de una lámpara de calle que agonizaba sobre nuestras cabezas. Ese ¡pum! resonó en el silencio del camposanto como un disparo.
Durante esos tres o cuatro segundos que tardamos en reaccionar, el tiempo dejó de existir. Mi mente, traicionera y alimentada por el miedo, ya había dibujado la peor escena posible. Imaginaba el corazón de la tía Marta detenido en seco por una fuerza invisible, sus ojos abiertos mirando a la nada, cumpliendo la profecía de esa vieja loca que seguía parada junto a la tumba de mi abuelo.
Mi madre fue la primera en romper la parálisis. Soltó un alarido que me desgarró el alma: «¡Marta!».
Corrimos. Corrimos como si el mismo diablo nos persiguiera, con las linternas de los celulares bailando frenéticamente en la oscuridad, creando sombras alargadas que parecían manos tratando de agarrarnos los tobillos. El trayecto desde la fosa hasta la entrada no debían ser más de cien metros, pero se sintieron como kilómetros de angustia pura. El aire estaba pesado, cargado de ese olor a tierra mojada y flores podridas que solo tienen los cementerios cuando cae la noche.
El Momento de la Verdad: Entre la Vida y la Superstición
Al llegar a la reja, la escena era confusa. La luz del poste parpadeaba, dándonos apenas destellos intermitentes de lo que había en el suelo. Allí estaba ella.
Marta, la mujer de hierro, la que nunca lloraba, la que había desafiado a la anciana y a la muerte misma, estaba tirada boca abajo sobre el asfalto frío de la entrada. No se movía.
El silencio volvió a caer sobre nosotros, más pesado que antes. Nadie se atrevía a tocarla. Era como si todos estuviéramos esperando ver salir el alma de su cuerpo o aparecer una marca negra en su piel. El miedo es una cosa curiosa; te quita la lógica y te devuelve a ser un niño asustado. En ese momento, todos creíamos ciegamente en la maldición. La anciana lo había dicho: «El primero en salir, será el siguiente». Y Marta había salido.
—Marta… —susurró mi tío Jorge, con la voz temblando, acercando su mano lentamente hacia el hombro de su hermana.
Yo contuve la respiración. Mis primos se abrazaban atrás, sollozando en silencio. Sentía el corazón golpeándome las costillas, doliendo de tan fuerte que latía. Si Marta estaba muerta, entonces todo era real. La brujería, la mala vibra, la muerte acechando. Si Marta estaba muerta, ninguno de nosotros estaba a salvo.
De repente, el cuerpo en el suelo se convulsionó. Un espasmo recorrió su espalda. Mi mamá se tapó la boca para ahogar un grito.
Y entonces, escuchamos el sonido más hermoso y a la vez más vulgar que he oído en mi vida.
—¡Maldita sea! ¡Mi tobillo! —bramó Marta, intentando incorporarse, con la cara contorsionada no por la muerte, sino por la furia y el dolor físico.
No estaba muerta. Estaba furiosa.
El Poder de la Sugestión y el Miedo Colectivo
La ayudamos a sentarse en la acera. Tenía las medias rotas, las rodillas raspadas sangrando un poco y el tobillo derecho hinchándose a la velocidad de la luz. Pero estaba viva. Respiraba, maldecía y nos miraba con esa intensidad típica de ella.
—¿Qué les pasa? ¿Por qué me miran así? —nos increpó, sobandose la pierna—. ¡Me tropecé con el riel del portón! ¡Esa porquería está levantada y no se ve nada con esta luz de mierda!
El alivio que sentimos fue tan grande que casi nos reímos, pero la risa se nos atragantó cuando recordamos a la anciana. Miramos hacia atrás, hacia la oscuridad del cementerio.
Allí venía ella. Caminando despacio, apoyándose en las lápidas como si fueran viejos amigos. No se había esfumado en el aire. No flotaba. Simplemente caminaba arrastrando los pies. Cuando llegó a donde estábamos nosotros, bajo la luz intermitente de la farola, pudimos verla bien por primera vez.
Ya no parecía un espectro salido del inframundo. Ahora, con la adrenalina bajando, veíamos a una señora muy mayor, extremadamente delgada, con la ropa sucia y descuidada. Sus ojos no eran pozos de maldad, sino dos canicas lechosas perdidas en la demencia.
Se detuvo frente a Marta, que estaba sentada en el suelo, y la miró fijamente. Todos nos tensamos de nuevo, esperando la sentencia final.
La anciana metió la mano en el bolsillo de su vestido negro. Mi tío Jorge se puso delante de Marta, protegiéndola. ¿Qué iba a sacar? ¿Un hueso? ¿Un amuleto? ¿Un cuchillo?
La vieja sacó un pedazo de pan duro, le dio un mordisco con sus escasos dientes y soltó una risita infantil. —Se cayó —dijo la anciana, señalando a Marta—. Se cayó porque tiene prisa. Alberto no tenía prisa. Alberto se quedó a dormir.
En ese preciso momento, vimos las luces de una camioneta acercarse por el camino de tierra. Era el vehículo de seguridad del cementerio, que hacía su ronda de cierre. El guardia, un hombre robusto con cara de cansancio, se bajó del coche alumbrando con una linterna potente.
—¡Oigan! ¿Qué hacen todavía aquí? Ya cerramos hace rato —nos gritó el guardia. Luego, el haz de luz iluminó a la anciana y el rostro del guardia cambió de la molestia a la resignación—. ¡Ay, Doña Clotilde! ¿Otra vez se escapó?
La Verdad Detrás del «Fantasma»
El guardia se acercó a la anciana con una familiaridad que nos dejó perplejos. No había miedo en él, solo paciencia.
—Disculpen a la señora —nos dijo el hombre, tomándola suavemente del brazo—. Es Doña Clotilde. Vive en la casa de reposo que está cruzando la carretera. Tiene demencia senil y una obsesión con los entierros. Se escapa casi todas las semanas y se mete aquí. Le gusta… «participar».
Nos quedamos de piedra. La bruja, el oráculo de la muerte, la mensajera del más allá, no era más que Doña Clotilde, una anciana perdida en su propia mente que buscaba compañía en los funerales de extraños.
—¿Y lo que dijo? —preguntó mi mamá, todavía con el rosario apretado en la mano—. Dijo que el primero en salir moriría.
El guardia soltó una carcajada breve y negó con la cabeza. —Señora, Doña Clotilde repite lo que escucha en las películas o lo que inventa su cabeza. La semana pasada le dijo a una familia que si no le daban chocolate, los muertos se levantarían a bailar. No le hagan caso. Es inofensiva, solo está muy sola.
Miré a la tía Marta. Estaba en el suelo, con el tobillo como una pelota de tenis, llena de tierra y con el maquillaje corrido. Empezó a reírse. Una risa nerviosa que se contagió a todos. Nos reíamos de nuestro propio miedo, de lo ridículos que nos veíamos corriendo por un cementerio asustados por una anciana que solo quería un poco de atención.
La «maldición» no fue más que una coincidencia. Marta se cayó porque estaba nerviosa, porque estaba oscuro y porque llevaba tacones en un terreno irregular. Su caída no fue obra de espíritus, sino de la sugestión. El miedo nos había hecho ver conexiones donde no las había.
El Final del Camino
Esa noche, mientras llevábamos a la tía Marta a urgencias para que le vendaran el pie, nadie hablaba mucho. El silencio en el coche ya no era de terror, sino de reflexión.
Habíamos convertido un momento solemne, la despedida del abuelo Alberto, en una película de terror barata por culpa de nuestras propias inseguridades. La anciana, Doña Clotilde, no era el monstruo. El monstruo era nuestro miedo a la muerte, nuestra incapacidad para aceptar que el abuelo se había ido y que nosotros seguíamos aquí, vulnerables.
La tía Marta no murió esa noche. De hecho, vivió veinte años más, siendo la misma mujer cascarrabias de siempre. Pero cada vez que contábamos la historia en las reuniones familiares, ella cambiaba el tema.
Aprendimos una lección valiosa esa tarde en el cementerio: la mente es poderosa. Puede crear fantasmas donde solo hay soledad y maldiciones donde solo hay casualidades.
Doña Clotilde volvió a su asilo, y nosotros volvimos a la vida. Y el abuelo Alberto, estoy seguro, se habría reído mucho viendo a su hermana estirada en el suelo y a toda su familia corriendo despavorida por los cuentos de una «señora loca». A veces, el miedo es solo eso: un cuento que decidimos creernos.
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