La Lotería del Karma: Cuando el Dinero Revela la Verdadera Cara del Amor

Publicado por Planetario el

¡Hola! Si vienes desde Facebook buscando el desenlace de esta historia, has llegado al lugar correcto. A continuación, encontrarás la Parte 2 y el final definitivo de lo que sucedió después de esa llamada telefónica que lo cambió todo.

La habitación del hotel quedó en un silencio sepulcral después de que colgué el teléfono. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado y la respiración entrecortada de Elena, que seguía arrodillada en la alfombra barata, mirándome con esos ojos grandes y maquillados que tantas veces me habían engañado.

Ese silencio no era de paz, era el silencio previo a una tormenta. Ella esperaba que mi llamada fuera para pedir servicio a la habitación, champán para celebrar nuestro «reencuentro», o quizás un taxi para volver juntos a esa casa de la que me había echado a patadas hacía solo siete días. Pero yo no era el mismo hombre gordo, triste y sumiso que salió bajo la lluvia con la ropa en bolsas de basura. Algo se había roto dentro de mí esa noche, y ni todos los millones del mundo podían pegarlo de nuevo.

Mire a Elena desde mi posición de pie. Se veía pequeña. Patética. Llevaba ese vestido rojo que me costó tres meses de sueldo hace dos años, el que usó para jurarme que me amaría en la riqueza y en la pobreza. Qué irónica es la vida. En la pobreza me trató como a un perro sarnoso, y ahora que la riqueza asomaba, me miraba como si fuera un dios.

Los Días de Oscuridad Antes de la Luz

Para entender por qué hice lo que hice a continuación, tienen que entender cómo fueron esos tres días en el sofá de mi hermano. No fue solo dormir mal. Fue sentir que mi existencia era un error.

Recuerdo estar tumbado mirando una mancha de humedad en el techo, pensando en acabar con todo. Me sentía inservible. Elena tenía razón, pensaba yo. Estaba obeso, deprimido, sin empleo fijo. ¿Quién iba a querer a alguien así? El dolor en el pecho era físico, una presión constante que no me dejaba respirar. Mi hermano, Dios lo bendiga, no me hizo preguntas. Solo me ponía un plato de comida en la mesa y me daba palmadas en la espalda.

Fue el martes por la tarde cuando encontré el boleto. Estaba arrugado, mezclado con unos recibos viejos y pelusa en el fondo de mi billetera. Lo había comprado en un momento de estupidez, pensando «¿y si sí?». Fui a la agencia de la esquina más por salir de la casa y que mi cuñada no me viera llorar que por otra cosa.

Cuando el encargado pasó el código de barras, la máquina hizo un sonido que nunca había escuchado. El hombre se puso pálido. Me miró, miró la pantalla, y me volvió a mirar.

—Señor… creo que tiene que sentarse —me dijo con voz temblorosa.

En ese instante, el mundo se detuvo. No sentí alegría inmediata. Sentí miedo. Un miedo visceral. ¿Qué hace un hombre roto con tanto poder de repente? Mientras caminaba de regreso, bajo el mismo sol que días antes me parecía una burla, me di cuenta de algo fundamental: el dinero no me iba a hacer mejor persona, pero sí me iba a dar la libertad de no aguantar ni una sola humillación más.

Me miré en el reflejo de una vitrina. Seguía siendo el mismo gordo. Pero mis ojos eran diferentes. Ya no pedían perdón por existir.

La Mentira del Arrepentimiento

Volviendo a la habitación del hotel, el recuerdo de mi victoria se mezcló con la imagen de la mujer frente a mí. Elena se levantó lentamente, al ver que yo no reaccionaba a sus lágrimas. Se secó la cara y cambió de táctica. Ya no era la víctima, ahora intentaba ser la seductora.

Se acercó, invadiendo mi espacio personal con ese perfume dulce que antes me volvía loco y que ahora me revolvía el estómago. Puso una mano en mi pecho, justo sobre el corazón que ella misma había destrozado.

—Mi amor, Roberto… —susurró, intentando que su voz sonara ronca y sexy—. Sé que fui dura. Pero lo hice por nosotros. Necesitabas un empujón para reaccionar, para salir adelante. ¿Ves? ¡Funcionó! Gracias a que te exigí más, ahora mira dónde estamos. Esto es una bendición para los dos.

La audacia de sus palabras me dejó helado. ¿»Gracias a ella»? ¿Se estaba atribuyendo el mérito de mi suerte? Su mente retorcida había transformado su crueldad en una supuesta lección de amor duro. Me di cuenta de que no sentía ni un ápice de culpa. Solo veía los ceros en mi cuenta bancaria.

—¿Por nosotros? —pregunté, con una voz tan calmada que hasta a mí me sorprendió.

—Claro, tontito. Somos un equipo. Siempre lo hemos sido. Lo que pasó la semana pasada fue solo un malentendido, una pelea de enamorados. Yo te amo, gordo. Siempre te he amado.

Esa última palabra fue el detonante. «Gordo». Lo dijo con cariño fingido, pero yo sabía con qué asco lo había gritado bajo la lluvia.

La puerta de la habitación sonó. Tres golpes secos y autoritarios.

Elena sonrió, pensando que era el servicio a la habitación. —¿Pediste champaña? —preguntó, alisándose el vestido y preparándose para brindar.

Caminé hacia la puerta, pasando por su lado sin rozarla. Al abrir, no había ningún camarero con una hielera de plata. Había dos guardias de seguridad del hotel, hombres robustos y serios, y detrás de ellos, un oficial de policía.

La sonrisa de Elena se desmoronó como un castillo de naipes.

La Sentencia Final

—Señor Roberto, ¿es esta la persona que le está acosando? —preguntó el jefe de seguridad, mirando a Elena con severidad.

Yo asentí lentamente, disfrutando cada segundo de su confusión.

—Roberto, ¿qué es esto? —chilló ella, retrocediendo—. ¡Soy su esposa! ¡Diles que soy su esposa!

Me giré para mirarla una última vez. Quería grabar esa imagen en mi memoria: la cara de la avaricia descubierta.

—Ex esposa, Elena. Mi abogado ya metió los papeles esta mañana por abandono de hogar y maltrato psicológico. Y sobre lo que dijiste antes… tienes razón en una cosa. El dinero cambia a la gente. A mí me sirvió para darme cuenta de que merezco respeto. Y a ti te sirvió para demostrar que tu amor tiene un precio. Y te tengo una noticia más.

Hice una pausa dramática. Los guardias esperaron. Ella temblaba, no sé si de miedo o de rabia.

—¿Recuerdas la casa que alquilábamos? Esa de donde me sacaste a empujones. Bueno, resulta que el dueño la estaba vendiendo. La compré ayer en efectivo. Es mi propiedad ahora.

Los ojos de Elena se salieron de sus órbitas. Se llevó las manos a la boca.

—Tienes 24 horas para sacar tus cosas —continué, implacable—. Y cuando digo tus cosas, me refiero a lo que compraste con tu dinero, que no es mucho. Todo lo demás se queda. Y si no te has ido para mañana al mediodía, mis abogados se encargarán de que te saquen, tal como tú me sacaste a mí. Solo que esta vez, será legal.

—¡No puedes hacerme esto! —gritó, intentando lanzarse sobre mí, pero uno de los guardias la interceptó—. ¡Soy tu mujer! ¡Me debes la mitad!

—Tú misma lo dijiste cuando me tiraste la ropa: «Lo que es tuyo es tuyo y lo que es mío es mío». Ahora lárgate.

Un Nuevo Comienzo

Ver cómo se la llevaban, gritando insultos y maldiciones por el pasillo del hotel, no me dio la alegría que esperaba. No sentí euforia. Sentí una paz inmensa, profunda y reparadora. Era como si me hubiera quitado una mochila de cien kilos de la espalda.

Cerré la puerta y me quedé solo de nuevo. Pero esta soledad era distinta. Era una soledad elegida, llena de posibilidades.

Al día siguiente, fui a la casa. Estaba vacía. Se había llevado hasta las bombillas de luz, en un último acto de mezquindad. Me paré en el centro de la sala, donde tantas veces me había sentido humillado por mi peso y mi falta de éxito. Respiré hondo. El aire olía a limpio.

No volví a ver a Elena. Supe por amigos en común que intentó demandarme, pero con el abandono de hogar y los testigos del vecindario que la vieron echarme, no tenía caso. Se mudó a otra ciudad, buscando a otra víctima.

Yo utilicé el dinero para sanar. Me operé, no por vanidad, sino por salud. Empecé a ir al gimnasio y a terapia. Invertí en un negocio propio que siempre había soñado. Hoy, dos años después, sigo teniendo dinero, pero mi mayor riqueza es que cuando me miro al espejo, ya no veo a un «gordo fracasado». Veo a Roberto, un hombre que aprendió a quererse a sí mismo antes de esperar que alguien más lo hiciera.

El dinero va y viene, y la lotería es una casualidad. Pero la dignidad no se compra, se defiende. Y el karma, tarde o temprano, siempre llega para cobrar la factura a quienes aman con el bolsillo y no con el corazón.


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