La Doble Vida de Javier: Lo Que Ocultaba en el Sótano y el Terrorífico Secreto del «Bebé»

Si vienes de Facebook y te quedaste sin aliento al ver a esa mujer idéntica a mí en el sótano, prepárate. Lo que estás a punto de leer no solo explica por qué Javier la tenía allí, sino que revela una verdad mucho más oscura sobre mi propia relación con él. La realidad supera cualquier pesadilla que hayas imaginado.
El Espejo Roto en la Oscuridad
Me quedé paralizada al pie de la escalera. La luz de mi celular temblaba en mi mano, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de ladrillo húmedo. El aire allí abajo era pesado, una mezcla asfixiante de moho, orina y un perfume dulce y barato que me resultaba extrañamente familiar. Era el mismo perfume que Javier me había regalado en nuestro primer mes de novios.
La chica en el colchón me miraba con unos ojos desorbitados, inyectados en sangre por el llanto y la falta de sueño. Era como verme en un espejo distorsionado por el dolor y la locura. Tenía mi misma estructura facial, el mismo color de cabello, incluso el lunar cerca de la barbilla que yo siempre cubría con maquillaje. La única diferencia era la suciedad y la delgadez extrema que marcaba sus pómulos como cuchillas bajo la piel.
—No hagas ruido… —susurró ella, apretando el bulto contra su pecho con una desesperación que me heló la sangre—. Si se despierta, se enojará. Dijo que si lloraba, no me traería la comida.
Mis piernas amenazaban con fallar. Quería correr, subir las escaleras y huir de esa casa maldita, pero algo me ataba al suelo. La curiosidad, el terror, o quizás la humanidad de no dejar a esa pobre criatura sola.
—¿Quién eres? —logré preguntar, mi voz apenas un hilo de aire.
Ella ladeó la cabeza, como una niña confundida.
—Soy Laura. Soy su esposa.
El mundo se me vino encima. Javier me había dicho que era soltero, que nunca se había casado. «Laura» era el nombre que él susurraba a veces en sueños, y que yo, ingenua, atribuía a alguna exnovia del pasado que le había roto el corazón. No sabía que la «exnovia» estaba a tres metros bajo mis pies, pudriéndose en vida mientras nosotros cenábamos y veíamos películas en la planta de arriba.
Di un paso hacia ella, tratando de ver qué protegía con tanto celo en sus brazos. Ella retrocedió, encogiéndose contra la pared fría.
—No se lo lleves —gimió—. Es lo único que me queda. Javier dijo que tú vendrías a ayudarme a cuidarlo, no a quitármelo.
¿Ayudarla? La náusea subió por mi garganta. Javier no solo me había mentido; me había traído a esa casa con un propósito. No era amor lo que sentía por mí. Yo era un reemplazo. O peor, una pieza funcional en su delirio.
Me acerqué lo suficiente para que la luz del celular iluminara el bulto. Esperaba ver a un bebé desnutrido, quizás enfermo. Mi mente se preparaba para lo peor. Pero cuando ella movió ligeramente la manta sucia, lo que vi me rompió el corazón de una manera que no esperaba.
No había ningún bebé.
Era un muñeco hecho con toallas viejas y atado con cuerdas, con una cara dibujada torpemente con marcador negro. Laura lo mecía y le cantaba bajito, completamente desconectada de la realidad. La mente humana es frágil, y el dolor puede romperla en mil pedazos irreperables.
La Sombra en la Escalera
Antes de que pudiera procesar la escena, escuché el sonido que más temía: el crujido de la madera en el piso de arriba. Pasos pesados. Rápidos.
La puerta del sótano, que yo había dejado entreabierta, se abrió de golpe, golpeando contra la pared. La silueta de Javier se recortó contra la luz del pasillo. Ya no parecía el hombre amable que me traía café por las mañanas. Su postura era rígida, amenazante.
—Te dije que no bajaras —su voz resonó en el pequeño espacio, grave y carente de emoción—. Te dije que era peligroso.
Laura, al verlo, se encogió aún más, ocultando el muñeco de trapo.
—Ella lo vio, Javi. Ella vio a Miguelito —dijo Laura con voz temblorosa, refiriéndose al muñeco.
Me giré hacia él, la rabia empezando a superar al miedo.
—¿Qué es esto, Javier? —grité, señalando a la mujer—. ¡Es tu esposa! ¡Me dijiste que estabas solo!
Javier bajó los escalones lentamente, con una calma psicótica que me aterrorizó más que cualquier grito.
—Ella era mi esposa, Sara. Pero se rompió. —Se detuvo a dos escalones del suelo—. Cuando nuestro hijo murió hace dos años, ella no pudo soportarlo. Dejó de comer, dejó de hablar… solo gritaba. Los médicos querían internarla, querían encerrarla en un psiquiátrico y drogarla hasta que no supiera su nombre. Yo no podía permitir eso. La amo demasiado.
—¿La amas? —le espeté, incrédula—. ¡La tienes viviendo como un animal!
—¡La estoy protegiendo! —rugió él, perdiendo la compostura por un segundo—. Y tú… tú ibas a ser la solución. Te busqué, Sara. No fue coincidencia que nos conociéramos en esa cafetería. Te busqué porque eres igual a ella antes de que la tristeza la consumiera. Te traje aquí para que poco a poco… tomaras su lugar. Para que Laura viera cómo se supone que debe ser una madre y una esposa. Pensé que si te veía a ti, feliz y sana, ella recordaría cómo serlo.
La revelación me golpeó como un puñetazo físico. Todo nuestro romance, cada cita, cada beso, había sido una audición. Yo no era su novia; era un instrumento terapéutico macabro para su esposa secuestrada. Estaba tratando de «arreglar» a Laura usando mi vida como repuesto.
Javier sacó algo de su bolsillo trasero. No era un arma, eran unas esposas.
—Lo siento, Sara. No puedes irte ahora que lo sabes. Tendrás que quedarte un tiempo hasta que ella mejore. Vamos a ser una familia feliz, los tres. O los cuatro, si contamos a Miguelito.
El Instinto de Supervivencia
El pánico se apoderó de mí, pero también un instinto primario de supervivencia. Miré a mi alrededor buscando algo, cualquier cosa que pudiera usar como arma. Solo había basura, cajas viejas y… una pala de jardinería oxidada apoyada en la esquina, justo detrás de Laura.
Javier avanzó hacia mí. No tenía tiempo de llegar a la pala.
—¡Laura, corre! —grité, aunque sabía que ella no me entendería.
Javier se abalanzó sobre mí. Sentí sus manos fuertes cerrarse alrededor de mis brazos, empujándome contra la pared. Forcejeamos. Él era mucho más fuerte, y sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones.
—¡Es por el bien de todos! —gritaba él mientras intentaba colocarme las esposas.
De repente, un chillido agudo rompió el caos.
—¡No toques a la mamá de Miguelito!
Laura se había levantado. En su locura, había interpretado mi presencia no como una amenaza, sino como una ayuda para su «bebé». Me había aceptado en su delirio. Y al ver que Javier me atacaba, su mente fracturada reaccionó para proteger lo único que le importaba.
Laura se lanzó sobre la espalda de Javier, clavándole las uñas en la cara y el cuello con una furia animal. Javier gritó de dolor y me soltó, girándose para quitársela de encima.
—¡Suéltame, loca! —bramó él, empujándola violentamente.
Laura cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra el concreto, pero su ataque me dio los segundos que necesitaba. Agarré la pala oxidada con ambas manos, y con toda la fuerza que el miedo me proporcionó, la descargué contra la pierna de Javier.
El sonido del hueso al romperse fue seco y repugnante. Javier cayó al suelo aullando, agarrándose la rodilla destrozada.
No esperé. Agarré a Laura del brazo, quien lloraba desconsolada no por el golpe, sino porque el muñeco de trapo se había deshecho en la caída.
—¡Vámonos! ¡Tenemos que salvar a Miguelito! —le mentí, sabiendo que era la única forma de que se moviera.
La arrastré escaleras arriba, cerrando la puerta del sótano y pasando el cerrojo mientras Javier gritaba maldiciones y amenazas desde la oscuridad. Salimos a la calle fría de la madrugada, descalzas y temblando, y corrimos hasta la casa del vecino para llamar a la policía.
Las Secuelas de la Verdad
La policía llegó en diez minutos. Sacaron a Javier en camilla, esposado y sedado. Encontraron no solo el «cuarto» de Laura, sino diarios donde Javier detallaba su plan de «reemplazo progresivo». Llevaba meses observándome antes de «conocernos». Sabía mis horarios, mis gustos, todo. Había moldeado nuestra relación para que yo encajara perfectamente en el hueco que la cordura de Laura había dejado vacío.
Laura fue ingresada en una institución psiquiátrica adecuada. La visité una vez, meses después. Estaba limpia, medicada y tranquila. No me reconoció. Ya no sostenía un muñeco de trapo, sino que pintaba en un cuaderno. Los médicos dijeron que el trauma de la pérdida de su hijo, sumado al encierro de dos años, había creado un daño irreversible, pero que ahora, al menos, tenía paz.
Yo, por mi parte, me mudé de ciudad. Cambié mi número, mi color de pelo y mi nombre. Me costó mucho tiempo dejar de mirar por encima del hombro cada vez que alguien era «demasiado amable» conmigo.
Tardé meses en entender que el verdadero monstruo no siempre tiene garras o colmillos. A veces, el monstruo es un hombre guapo que te cocina la cena, te dice que te ama y te promete un futuro perfecto, mientras esconde su pasado bajo llave porque es incapaz de aceptar que las cosas se rompen y que, a veces, no se pueden arreglar.
Moraleja: El amor obsesivo no es amor, es posesión. Cuando alguien te oculta partes de su vida o te aísla de su pasado, no está protegiendo su privacidad, está construyendo una jaula. Confía en tu intuición; si sientes que algo no encaja, que un ruido en la noche no es normal o que una historia tiene huecos, no te quedes a esperar el desenlace. La verdad, aunque duela, siempre es preferible a vivir en la fantasía enfermiza de otra persona. Tu seguridad vale más que cualquier relación «perfecta».
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