H1: El dibujo en la pared y la promesa cumplida: La verdad detrás de la maldición de Doña Clotilde

Si vienes del post de Facebook sobre el entierro del Tío Carlos y el incidente con mi sobrino Jorgito, has llegado al lugar correcto. Lo que vas a leer a continuación es el desenlace de esa tarde fatídica. Te advertimos: los detalles son duros y tocan fibras sensibles sobre lo que creemos saber de la muerte y los lazos familiares. Gracias por seguir la historia.
El camino de regreso a casa desde el cementerio fue, sin duda, el viaje más largo de nuestras vidas. Aunque el trayecto apenas dura veinte minutos, el silencio dentro del carro lo hizo sentir eterno. Nadie se atrevía a hablar. El aire acondicionado estaba al máximo, pero yo sentía un calor asfixiante, esa clase de bochorno que no tiene nada que ver con el clima tropical, sino con el miedo que se te mete debajo de la piel.
Mi hermana iba en el asiento del copiloto, girándose cada treinta segundos para mirar hacia atrás, donde Jorgito iba sentado. El niño, que usualmente era un terremoto de energía, iba quieto. Demasiado quieto. Tenía la vista clavada en la ventanilla, mirando pasar los árboles y los postes de luz con una expresión vacía que no correspondía a un niño de siete años. Aferraba su carrito rojo con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—¿Te sientes bien, mi amor? —le preguntó mi hermana con la voz temblorosa, rompiendo el silencio sepulcral.
Jorgito no respondió de inmediato. Tardó unos segundos, como si la voz de su madre viniera desde muy lejos. Giró la cabeza lentamente y nos miró. Sus ojos, usualmente brillantes y traviesos, tenían una opacidad extraña, como si tuviera fiebre.
—Tengo frío, mami —susurró.
Esa frase fue suficiente para que un escalofrío me recorriera la espalda. Afuera hacían 32 grados. El sol del Caribe estaba rajando las piedras. Mi cuñado apagó el aire acondicionado de golpe, pero el ambiente dentro del vehículo siguió helado hasta que llegamos a la marquesina de la casa.
H2: Las señales que decidimos ignorar
Al llegar a la casa, intentamos forzar la normalidad. Es lo que los adultos hacemos cuando nos enfrentamos a lo inexplicable: fingimos que todo está bien para no perder la cordura. Mi hermana preparó algo de comer, mi cuñado encendió la televisión para poner las noticias y yo me serví un vaso de agua, tratando de quitarme el sabor a tierra y flores muertas que sentía en la garganta.
Pero la casa se sentía distinta. No sé cómo explicarlo sin sonar loco, pero las sombras parecían más largas en las esquinas. Había un olor sutil, intermitente, que me llegaba por ráfagas. Olía a nardos. A esas flores blancas y pasadas que llenaban la corona fúnebre del Tío Carlos. Revisé las ventanas, pensando que el viento traía el aroma de algún jardín vecino, pero estaban cerradas.
Jorgito no quiso comer. Se fue directo a su cuarto.
—Déjalo descansar —dijo mi cuñado, sirviéndose un trago de ron para calmar los nervios—. El niño está impresionado por lo del cementerio y por la vieja loca esa. Mañana se le pasa.
Yo quería creerle. Dios sabe que quería creerle. Pero la sentencia de Doña Clotilde me retumbaba en la cabeza como un tambor de guerra: «El primero que salga… será el siguiente».
Pasaron las horas y la noche cayó sobre el barrio. La electricidad se fue, algo típico en la zona, y quedamos a oscuras, iluminados solo por la luz de las velas y las linternas de los celulares. Fue en ese momento, con la casa en penumbras, cuando escuchamos el primer ruido.
Venía del cuarto de Jorgito.
No era un llanto, ni un grito. Era una conversación.
Mi hermana y yo nos miramos a la luz de las velas, con los ojos abiertos como platos. Nos levantamos despacio y caminamos por el pasillo. El piso de madera crujía bajo nuestros pies, sonando como disparos en el silencio de la noche. Al llegar a la puerta de su habitación, pegamos la oreja.
—Sí, tío, ya voy… pero mami se va a poner triste —decía la voz de Jorgito.
Era una voz dulce, tranquila, totalmente ajena al terror que nosotros sentíamos al otro lado de la madera. Mi hermana no aguantó más. El instinto materno pudo más que el miedo a lo sobrenatural.
—¡Jorgito! —gritó, y abrió la puerta de golpe.
Lo que vimos nos paralizó.
H2: El mensaje final y la habitación helada
La habitación estaba gélida, mucho más fría que el resto de la casa. Jorgito no estaba en su cama. Estaba de pie, en el centro del cuarto, dándonos la espalda. Frente a él, en la pared blanca que recién habíamos pintado el mes pasado, había garabatos hechos con crayón rojo.
El niño se giró lentamente. Ya no tenía esa mirada perdida de la tarde. Ahora sonreía. Pero no era su sonrisa. Era una mueca de paz absoluta, una serenidad que un niño que acaba de perder a su tío favorito no debería tener.
—Mami, el Tío Carlos dice que no llore —dijo con una claridad que me heló la sangre—. Dice que allá no duele nada.
—Jorgito, ven acá ahora mismo —suplicó mi hermana, estirando los brazos, pero sin atreverse a cruzar el umbral de la puerta.
El niño negó con la cabeza.
—No puedo. Él me está esperando en la puerta. Se le olvidó el camino y necesita que yo lo lleve.
Antes de que mi cuñado pudiera correr hacia él para agarrarlo, Jorgito se desplomó. Cayó como un muñeco de trapo, sin meter las manos, golpeando el suelo seco con un ruido sordo que jamás olvidaré.
Corrimos. Lo sacudimos. Mi hermana gritaba su nombre con una desesperación que desgarraba el alma. Yo le tomé el pulso, le puse la mano en el pecho, busqué cualquier señal de vida. Pero su corazón, ese corazoncito que apenas unas horas antes latía con fuerza persiguiendo un juguete, estaba detenido.
No hubo convulsiones. No hubo dolor. Simplemente, se apagó.
En la pared, iluminado por la linterna de mi celular, leí lo que había dibujado. No eran solo garabatos. Había dibujado dos figuras de palitos tomadas de la mano. Una grande, con sombrero (como usaba el Tío Carlos), y una pequeña con una gorra. Y abajo, con letra torpe de niño de primer grado, había escrito: NO TENGAN MIEDO.
H2: El regreso al cementerio y la revelación de la vidente
La autopsia dijo «muerte súbita por arritmia cardíaca no detectada». Los médicos dijeron que fue una coincidencia trágica, que el estrés del funeral detonó una condición congénita. Palabras elegantes para explicar lo inexplicable.
Pero nosotros sabíamos la verdad.
Hoy, tres días después, estamos de vuelta en el mismo cementerio. Estamos parados casi en el mismo lugar, pero esta vez el ataúd es pequeño, blanco y dolorosamente ligero.
Y ahí estaba ella otra vez. Doña Clotilde.
Mi cuñado, lleno de rabia y dolor, quiso ir a reclamarle, a gritarle que era una bruja, que ella había provocado esto con su maldición. Pero yo lo detuve. Porque al ver a la anciana, no vi maldad en sus ojos. Vi tristeza.
Me acerqué a ella mientras bajaban el ataúd de Jorgito a la tierra. Ella me miró y, por primera vez, me tocó el brazo. Su mano estaba caliente, viva.
—No fue una maldición, muchacho —me dijo con voz ronca, como si hubiera estado llorando—. Fue una advertencia. Yo vi a tu Tío Carlos parado en la puerta ayer. No se quería ir. Estaba aferrado a la tierra, confundido, buscando a quien más quería en este mundo para que lo guiara.
Me quedé helado. El Tío Carlos adoraba a Jorgito. Era su debilidad. Siempre decía que ese niño era la luz de sus ojos.
—El vínculo entre ellos era demasiado fuerte —continuó Doña Clotilde—. El muerto no se lleva a nadie por maldad, se los lleva por amor, por apego. Carlos necesitaba una luz para cruzar, y tu sobrino… tu sobrino decidió ser esa luz. Cuando el niño salió corriendo ayer tras el carrito, no perseguía el juguete. Estaba corriendo hacia los brazos de su tío que lo llamaba desde afuera.
Miré hacia la tumba abierta. Recordé el dibujo en la pared. Las dos figuras de la mano. No tengan miedo.
Entendí entonces que no habíamos perdido a Jorgito por un error, ni por una brujería. Lo perdimos porque el amor, a veces, es tan fuerte que trasciende la vida y se convierte en un lazo que ni la muerte puede romper. Jorgito no murió asustado. Se fue tranquilo, de la mano de quien más lo consentía.
Ahora, cada vez que paso por el cuarto vacío de mi sobrino, ya no siento frío. Siento paz. Y aunque el dolor de su ausencia nos quema, nos queda el consuelo amargo de saber que el Tío Carlos no se fue solo. Y que Jorgito, donde quiera que esté, sigue jugando con su carrito, cuidado por quien más lo quiso.
Fin.
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