El Secreto Enterrado de Doña Juana: Lo Que Encontramos en el Ataúd

Publicado por Planetario el

¿Vienes de Facebook? Si has llegado hasta aquí es porque te quedaste con el corazón en un puño tras leer lo que me pasó en el cementerio. Sé que muchos pensarán que es un cuento de camino, pero lo que mis ojos vieron esa tarde junto a Don Anselmo, el velador, no se lo deseo a nadie. Aquí te cuento el final, con todos los detalles que no pude poner en el post por falta de espacio, y la verdad de lo que esa mujer escondía con tanto celo.


El sol ya estaba casi oculto detrás de los cipreses más altos del panteón cuando el sepulturero, un muchacho joven al que Don Anselmo mandó llamar a gritos, llegó con la pala y el pico. Yo no me quería quedar. Mis piernas me pedían correr hacia la salida, subirme a mi camioneta y regresar a mi rancho, donde el único ruido es el de los grillos y no el de los muertos que reclaman tierra. Pero algo me clavaba los pies al suelo. Era una mezcla de respeto por lo sagrado y una curiosidad macabra que, aunque me avergüence admitirlo, todos llevamos dentro.

Don Anselmo se persignó tres veces antes de dar la orden. El ambiente se había puesto pesado, como cuando se avecina una tormenta eléctrica en pleno agosto. No corría ni una gota de aire, y el silencio era tan absoluto que el golpe del metal contra la tierra sonaba como un disparo.

El Peso de la Culpa y la Tierra

Mientras el muchacho cavaba, Don Anselmo me contó un poco más sobre Doña Juana mientras fumaba un cigarro tras otro, con las manos temblorosas. Me dijo que Juana había sido una mujer de dinero, dueña de varias hectáreas al otro lado del pueblo, pero que su riqueza solo se comparaba con su soledad.

—Murió sola, compadre —me decía el velador en voz baja, cuidando que el eco no llevara sus palabras—. Los hijos ni vinieron al entierro. Dicen que los desheredó a todos porque pensaba que solo querían robarla. Se volvió loca con los años, encerrada en su caserón, vigilando que nadie le quitara ni un peso.

Yo escuchaba y miraba el agujero que se hacía cada vez más profundo. Pensé en mi madrecita, enterrada unos metros más allá, en una tumba sencilla con una cruz de madera. Ella no tenía nada, apenas un rebozo viejo y el cariño de sus hijos, y sin embargo, su tumba se sentía llena de paz. En cambio, ese pedazo de tierra donde estaba Juana emanaba un frío que calaba los huesos, un rechazo, como si la misma tierra quisiera escupir el cuerpo.

De repente, el sonido cambió. Ya no era el golpe seco contra la tierra, sino un sonido hueco. La pala había tocado madera.

—Ya llegamos —dijo el muchacho, secándose el sudor de la frente con el antebrazo. Se le veía pálido. Él también sentía la mala vibra del lugar.

Don Anselmo se acercó al borde de la fosa. Me hizo una seña para que me acercara. Yo no quería ver, pero el deber moral de testigo me obligó. Teníamos que saber si lo que yo había visto —esa aparición gritándome que me largara— tenía una razón terrenal o si era puramente cosa del diablo.

Levantaron la tapa con dificultad. La madera crujió, un lamento largo y agudo que me erizó la piel de la nuca. Y entonces, el olor nos golpeó. No era solo el olor a muerte, que uno ya medio conoce en el campo cuando se muere un animal; era un olor a encierro, a desesperación, a algo podrido por dentro y por fuera.

Un Grito Congelado en el Tiempo

El grito del sepulturero que mencioné antes no fue por ver un cadáver. Fue por la posición del cuerpo.

Doña Juana no estaba descansando en paz. Su cuerpo estaba torcido, contorsionado dentro de la caja de caoba fina. No tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como manda la tradición cristiana y como seguramente la habían puesto en la funeraria. Sus brazos estaban rígidos, apretados con una fuerza sobrenatural contra su pecho, abrazando un objeto envuelto en una tela de terciopelo que ahora estaba manchada y raída.

Su rostro… Dios mío, su rostro. No tenía los ojos cerrados. Los párpados estaban abiertos a medias, revelando una capa blanca y lechosa, y su boca estaba abierta en una mueca de furia eterna, mostrando unos dientes amarillentos. Era la misma expresión con la que me había gritado unas horas antes, pero ahora congelada por el rigor mortis y la podredumbre.

—¡Santísimo Sacramento! —exclamó Don Anselmo, retrocediendo y casi cayendo dentro de la fosa.

El muchacho salió del agujero de un salto, temblando como una hoja. —Yo no toco eso, patrón. Yo no lo toco.

Me tocó a mí, con el corazón galopando en el pecho, ayudar a Don Anselmo a alumbrar con la linterna. Lo que Juana abrazaba no eran flores, ni un crucifijo, ni una foto de algún ser querido.

El bulto era pesado. La tela de terciopelo se había rasgado por la presión de sus dedos huesudos, que parecían garras clavadas en el objeto. Se veía el brillo opaco de un metal viejo.

—Es la caja fuerte… —susurró Don Anselmo, con los ojos desorbitados—. La famosa caja de seguridad de la casa. Los hijos la buscaron por todos lados cuando murió. Voltearon la casa al revés y no la encontraron.

La realidad nos golpeó de sopetón. Esa mujer, en su avaricia y desconfianza enfermiza, había ordenado —o sobornado a alguien— para que metieran su tesoro más preciado dentro del ataúd con ella. No quería dejarle nada a nadie. Se lo quería llevar todo al infierno si era necesario.

La Maldición de la Avaricia

Pero había algo más perturbador que la simple avaricia. Al mirar de cerca, con la luz de la linterna temblando en la mano de Don Anselmo, notamos un detalle que me revolvió el estómago y me hizo entender por qué su espíritu seguía rondando, furioso y atado a la tierra.

La tapa del ataúd, por la parte de adentro, estaba arañada.

Había astillas de madera incrustadas en las uñas rotas de Juana. La tela del forro interior estaba rasgada a la altura de su cara.

—No puede ser… —dijo Don Anselmo, con la voz quebrada por el horror—. El médico firmó el certificado… dijeron que fue un infarto fulminante.

Pero la evidencia estaba ahí, gritándonos en la cara. Doña Juana no había muerto del todo cuando la enterraron. Quizás sufrió una catalepsia, o un desmayo profundo. Despertó en la oscuridad absoluta, bajo toneladas de tierra, abrazada a su fortuna. Y en ese momento, todo ese oro, todas esas joyas y papeles de propiedad que tanto amaba, no le sirvieron para comprar una bocanada de aire.

Su tesoro se convirtió en su lastre. Murió arañando la madera, gritando en el silencio, asfixiada no solo por la falta de aire, sino por el peso de su propia codicia.

Por eso estaba ahí afuera. Por eso me gritó que me largara. No estaba protegiendo su descanso; estaba protegiendo su dinero, condenada a vigilarlo por toda la eternidad, incapaz de soltarlo incluso cuando su cuerpo ya se estaba convirtiendo en polvo.

Decidimos no tocar nada más. Don Anselmo dijo que llamaría a las autoridades y a la familia al día siguiente para que lidiaran con ese asunto legal y macabro. Cerramos la tumba, echamos la tierra encima lo más rápido que pudimos y salimos de ahí casi corriendo.

Conclusión

Esa noche no pude dormir. Me pasé las horas mirando el techo, pensando en la ironía de la vida.

Al día siguiente, regresé al cementerio, pero no me acerqué a la zona nueva. Fui directo a la tumba de mi madrecita. Me senté en la tierra, le acomodé sus flores y recé un Padre Nuestro con más devoción que nunca.

Miré la cruz de madera vieja, despintada por el sol y la lluvia. Mi madre no me dejó ni un peso, ni tierras, ni joyas. A veces batallamos para comer cuando yo era niño. Pero me dejó el recuerdo de sus manos cariñosas, de sus consejos y de su risa. Me dejó la capacidad de dormir tranquilo por las noches.

Entendí entonces que hay muertos que pesan mucho, como Doña Juana, hundidos por sus propias posesiones. Y hay otros, como mi madre, que son ligeros como plumas y vuelan alto, porque no se llevaron nada material, pero dejaron todo el amor del mundo aquí abajo.

Nadie se lleva nada, amigos. Y el que lo intenta, corre el riesgo de quedarse atrapado a medio camino, cuidando un montón de metal que no sirve para nada en el otro lado.


0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *