EL SECRETO DEL SÓTANO: La verdad oculta tras la puerta que Don Alfredo nunca quiso que abriera

Si vienes de Facebook y te quedaste con el corazón en la boca al leer la primera parte de mi historia, gracias por seguir aquí. Sé que la intriga era insoportable, pero necesitaba espacio para contar con detalle lo que ocurrió en esos minutos que parecieron horas. Lo que vas a leer a continuación no es ficción, es la crónica del día en que descubrí que la persona más amable que conocía escondía un monstruo detrás de una sonrisa paternal. Aquí está la verdad completa.
El sonido de la locura bajando las escaleras
Me quedé congelada. Mis pies parecían clavados al suelo de concreto frío de ese sótano maldito. Arriba, el sonido de la puerta principal cerrándose retumbó como un disparo en el silencio de la casa. Luego, los pasos. Esos pasos que tantas veces había escuchado ir a la cocina a buscar un vaso de agua, ahora sonaban pesados, deliberados, arrastrándose con una intención que me helaba la sangre.
«¿Hay alguien ahí?», repitió su voz. Pero ya no era la voz de Don Alfredo, el viejito que me daba propinas extras. Era una voz gutural, carente de cualquier emoción humana.
Mi instinto de supervivencia, ese que desarrollamos las mujeres que hemos tenido que luchar toda la vida, se activó de golpe. No podía salir corriendo por la escalera; me lo toparía de frente. Miré a mi alrededor desesperada. El cuarto estaba tapizado con mis fotos, cientos de ojos míos mirándome desde las paredes, pero al fondo, detrás de esa silla médica con correas de cuero, había un viejo armario de metal semiabierto.
Me lancé hacia él con el sigilo de un gato. Me metí dentro y cerré la puerta metálica, dejando apenas una rendija milimétrica para ver y respirar. El olor a óxido y a productos químicos dentro de ese armario era insoportable, me picaba la garganta, pero me tapé la boca con ambas manos, mordiéndome los nudillos para no emitir ni el más mínimo sollozo.
Los pasos de Don Alfredo llegaron al final de la escalera. Silencio. Un silencio espeso, denso, que pesaba toneladas.
A través de la rendija, lo vi entrar en mi campo de visión. Llevaba su bastón en una mano y una bolsa de plástico en la otra. Se detuvo frente al mural de mis fotos. Lo vi acariciar una de las imágenes, una donde yo salía riéndome con una compañera en la parada del bus. La acarició con una ternura que me dio náuseas.
—Ay, mi niña… mi perla negra —susurró, y esa frase hizo que se me erizara la piel de la nuca. Nunca me había llamado así—. ¿Por qué eres tan curiosa? La curiosidad mata al gato… y estropea la sorpresa.
Empezó a caminar por la habitación, tocando los instrumentos que había en una mesa metálica junto a la silla. Había bisturíes, tijeras quirúrgicas y frascos con líquidos transparentes. No era un sótano desordenado; era un quirófano clandestino. Un santuario enfermo.
Mi corazón latía tan fuerte contra mis costillas que temía que él pudiera escucharlo desde afuera. Pum-pum, pum-pum. Cerré los ojos y recé. Recé por mis hijos, por mi madre, pidiendo perdón por haber tocado esas llaves.
—Sé que estás aquí —dijo de repente. Su tono cambió. Ya no susurraba. Hablaba con autoridad, con rabia contenida—. Huelo tu perfume. Ese perfume barato de vainilla que usas para venir a trabajar.
El terror me invadió. Sabía que era cuestión de segundos.
La confrontación: No era solo una obsesión
Don Alfredo se giró bruscamente hacia el armario. No caminó rápido, no corrió. Se acercó despacio, saboreando el momento, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
Abrió la puerta del armario de un tirón. Grité. Fue un grito ahogado, seco, que se perdió en la inmensidad de ese sótano insonorizado.
Él no me atacó de inmediato. Se quedó ahí, mirándome con una decepción paternal que era más aterradora que la ira. —Te dije que era por tu seguridad —dijo, negando con la cabeza—. No estás lista. La «transformación» requiere preparación. Aún no eres perfecta.
Salí del armario empujándolo, intentando correr hacia la escalera, pero él, a pesar de su edad, tenía una fuerza sorprendente en los brazos. Me agarró del brazo con una tenaza de hierro. —¡Suélteme! ¡Está loco! —le grité, forcejeando.
—No estoy loco, estoy enamorado de la belleza eterna —respondió, y sus ojos brillaban con una lucidez maníaca—. Te he estado observando meses antes de contratarte. No llegaste a esta casa por casualidad. Yo hice que despidieran a tu antecesora. Yo puse el anuncio donde sabía que lo verías. Eres idéntica a ella… a mi Sara. Pero necesitas ajustes. Tu piel es perfecta, pero tu sonrisa… tu sonrisa necesita ser eterna.
Me arrastró hacia la silla de dentista. Entendí entonces para qué eran las correas. No quería matarme, no todavía. Quería «arreglarme». Quería convertirme en una muñeca viviente, una copia de alguien que seguramente había muerto hace años, quizás en ese mismo sótano.
La desesperación me dio una fuerza que no sabía que tenía. Recordé las palabras de mi abuela: «Mija, si el miedo no te sirve para correr, que te sirva para pelear».
Cuando intentó empujarme sobre la silla, dejé de tirar hacia atrás y me impulsé hacia adelante con todo mi peso. Lo tomé por sorpresa. Chocamos contra la mesa metálica. Los frascos cayeron al suelo estallando en mil pedazos. El líquido se derramó, y un olor ácido llenó el aire instantáneamente.
Don Alfredo resbaló con los cristales y cayó de rodillas, soltándome por un segundo. Era mi oportunidad.
No miré atrás. Corrí hacia la escalera. Sentía las piernas pesadas, como si corriera en un sueño, pero subí los escalones de dos en dos. Escuché que él gritaba mi nombre, un alarido ronco y furioso: —¡NO PUEDES IRTE! ¡TE PERTENECES A ESTA CASA!
Llegué a la puerta, salí al pasillo y, por primera vez en mi vida, no me importó cerrar la puerta. Corrí hacia la entrada principal. Las manos me temblaban tanto que no atinaba a abrir el cerrojo. Escuchaba sus pasos subiendo la escalera del sótano. Clac, clac, clac. El sonido del bastón golpeando la madera.
El cerrojo cedió. Abrí la puerta y la luz del sol de la tarde me golpeó la cara. Nunca el sol me había parecido tan hermoso.
La verdad sale a la luz
Salí a la calle gritando como una loca. Los vecinos, alertados por mis gritos y mi aspecto desaliñado, salieron de sus casas. Un jardinero que trabajaba en la casa de enfrente me vio y corrió a ayudarme.
—¡Ayúdenme! ¡Me quiere matar! —lloraba yo, señalando la casa de Don Alfredo.
Don Alfredo apareció en el marco de la puerta. Pero al ver a los vecinos y al jardinero robusto a mi lado, se detuvo. Su máscara de amabilidad volvió a caer sobre su rostro por un segundo, intentó sonreír, intentó decir que yo había tenido un accidente, que estaba histérica. Pero ya nadie le creyó. El miedo en mis ojos era demasiado real.
La policía llegó diez minutos después. Yo no quería volver a entrar, pero les dije dónde estaba la llave. Les hablé de las fotos. Les hablé de la silla.
Cuando los oficiales bajaron, tardaron mucho en subir. Cuando lo hicieron, dos de ellos estaban pálidos. Sacaron a Don Alfredo esposado. Él no bajaba la cabeza; me miraba fijamente con esos ojos vacíos, murmurando que yo era una desagradecida, que él solo quería inmortalizarme.
La investigación reveló la verdad completa, y fue peor de lo que imaginaba. En los cajones del escritorio del sótano encontraron no solo fotos mías. Encontraron «diarios de observación». Llevaba siguiéndome seis meses. Sabía a qué hora llevaba a mis hijos al colegio, sabía qué compraba en el súper, sabía mis tallas de ropa. Pero lo más escalofriante fue lo que encontraron detrás de un panel falso en la pared del sótano: mechones de pelo, ropa vieja y documentos de identidad de otras tres mujeres. Todas afrodescendientes, todas con características físicas similares a las mías. Ellas habían sido sus «proyectos» anteriores. Mujeres que desaparecieron sin dejar rastro años atrás, mujeres que la sociedad olvidó buscar, pero que Don Alfredo había «coleccionado».
Yo iba a ser la cuarta.
Hoy, meses después, sigo teniendo pesadillas. No puedo ver una cámara de fotos sin sentir náuseas y reviso las cerraduras de mi casa tres veces antes de dormir. Pero estoy viva.
Don Alfredo pasará el resto de sus días en una institución psiquiátrica de máxima seguridad. Su mente, corroída por la obsesión, ya no distingue la realidad.
Si hay algo que aprendí de esta experiencia, y que quiero que se lleven hoy, es esto: Nunca ignoren esa voz interior que les dice que algo anda mal. La amabilidad excesiva a veces es una máscara. No importa cuánto necesiten el trabajo, no importa cuánto dinero les ofrezcan; si sienten que los observan, si sienten ese frío en la espalda, corran.
Las llaves de esa puerta prohibida me salvaron la vida, porque la curiosidad no siempre mata al gato; a veces, le avisa que el lobo está cerca. Cuídense mucho.
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