El Secreto del Piso 4: La verdad detrás de la «Secretaria Fantasma» y lo que la cámara de seguridad realmente captó

¿Vienes del post de Facebook? Si estás aquí es porque te quedaste con el corazón en la boca al leer lo que pasó con Carlos y conmigo en el turno de anoche. Sé que parecía una historia de terror sacada de una película, pero te aseguro que lo que vivimos en esas oficinas vacías fue más real que el aire que estás respirando ahora. Lo que estás a punto de leer es el desenlace completo de esa noche, sin censura y con todos los detalles que no me atreví a poner en redes sociales. Prepárate, porque la verdad es mucho más triste y aterradora de lo que imaginamos.
El monitor no miente: El terror en la caseta de seguridad
Me quedé paralizado en la caseta de seguridad. Mis manos, que sostenían la radio, temblaban tanto que casi se me cae al suelo. En la pantalla del monitor, la imagen era granulada y en blanco y negro, pero lo suficientemente clara para helarme la sangre. Arriba, en el cuarto piso, mi compañero Carlos estaba inclinado hacia una silla vacía. Asentía con la cabeza, movía las manos como si explicara algo y, lo peor de todo, sonreía con una amabilidad que no encajaba con la situación.
No había nadie. Absolutamente nadie.
Pero entonces ocurrió lo que me hizo soltar la radio. La silla giratoria, esa vieja silla de cuero desgastado que nadie había usado en años, comenzó a rotar sobre su eje. No fue un movimiento rápido ni brusco. Fue lento, deliberado, como si alguien se estuviera acomodando para escuchar mejor. Y justo detrás de Carlos, en la esquina superior de la pantalla, una mancha oscura, una sombra densa que parecía absorber la poca luz de la oficina, comenzó a crecer. No tenía forma humana definida en el video, pero se sentía pesada, cargada de una energía estática que hacía parpadear la imagen de la cámara cada dos segundos.
—¡Carlos! ¡Sal de ahí! —grité de nuevo por la radio, pero solo recibí estática. Un ruido blanco, sibilante, como si alguien estuviera soplando directamente al micrófono del otro lado.
El instinto de supervivencia me gritaba que saliera corriendo del edificio, que dejara todo tirado y no mirara atrás. Llevo diez años en esto, tengo hijos, tengo una vida. Pero Carlos es mi compadre. Hemos compartido cenas de Navidad en esa garita, me ha cubierto cuando mi hija se enfermó. No podía dejarlo solo con esa… cosa.
Agarré mi linterna táctica, esa pesada que usamos más para defensa que para alumbrar, y salí disparado hacia las escaleras. El ascensor estaba fuera de servicio por mantenimiento, así que tuve que subir los cuatro pisos a pulmón. Mientras subía, el ambiente cambiaba. En el primer piso, el aire era normal. En el segundo, se sentía un poco más pesado. Pero al llegar al descanso del tercero, el frío me golpeó la cara como si hubiera entrado en un congelador industrial.
No era un frío natural. Era ese tipo de frío que se te mete debajo de la piel y te hace doler las articulaciones. Y el olor… ese olor a flores viejas, a nardos y crisantemos pasados, se hacía insoportable. Era el olor de una capilla ardiente cerrada hace mucho tiempo. Cada paso que daba hacia el cuarto piso se sentía como caminar bajo el agua, con una presión en el pecho que me dificultaba respirar.
El encuentro cara a cara: Lo que la cámara no vio
Llegué al pasillo del cuarto piso jadeando, con el corazón martilleando en mis oídos. La puerta de la oficina de gerencia estaba entreabierta. La luz fluorescente del pasillo parpadeaba frenéticamente, creando un efecto estroboscópico que hacía que las sombras bailaran en las paredes.
—¿Carlos? —llamé, con la voz quebrada.
Entré a la oficina.
Carlos estaba ahí, sentado en el borde del escritorio, pálido como el papel. Tenía los ojos vidriosos, desenfocados, fijos en la silla vacía frente a él. La temperatura en esa habitación debía estar bajo cero. Podía ver mi propio aliento saliendo en nubes de vapor.
Y entonces la vi.
No a través de una pantalla granulada, sino con mis propios ojos. No estaba «sentada» en la silla. Estaba flotando apenas unos milímetros sobre ella. Ya no se veía como la mujer sólida que habíamos encontrado en el pasillo minutos antes. Ahora era translúcida, como una proyección de cine fallida. Su vestido blanco no era moderno; era un traje sastre de los años 90, con hombreras anchas, manchado de algo oscuro en el costado.
Su rostro… Dios mío, su rostro. Era una máscara de angustia pura. No era un fantasma que quisiera asustar. Era una mujer desesperada. Movía la boca, pero no salía voz, solo un susurro seco, como hojas arrastrándose por el suelo.
Me acerqué a Carlos y lo sacudí fuerte por el hombro. Su piel estaba helada, dura al tacto.
—Carlos, reacciona, vámonos —le ordené, tratando de no mirar a la mujer.
Carlos parpadeó lentamente y me miró, pero parecía no reconocerme del todo.
—No se puede ir, Alberto —murmuró Carlos con una voz pastosa—. Dice que no encuentra el libro de actas. Dice que si no firma la salida, no le pagarán las horas extras. Tiene que pagar la escuela de su hijo.
Me quedé helado. No era una aparición aleatoria. Estaba reviviendo un trauma.
Miré a la mujer. Ella levantó una mano esquelética y señaló un archivero metálico oxidado en la esquina de la oficina, uno que llevábamos años usando solo para apoyar las cajas de pizza. Sus ojos, profundos y oscuros, se clavaron en los míos. No había maldad en ellos, solo una súplica infinita y un cansancio que trascendía la muerte.
Entendí lo que pasaba. No necesitaba un exorcista, necesitaba ayuda administrativa. Parecía ridículo, pero en ese momento, la lógica del miedo operaba diferente.
Fui hacia el archivero. Estaba atascado. Tiré con fuerza hasta que el metal cedió con un chirrido agudo. Dentro, entre polvo y telarañas, había carpetas viejas de contabilidad de 1998. Y debajo de todo, un libro de registros de asistencia, de esos viejos de tapa dura negra.
Lo saqué y lo puse sobre el escritorio. La mujer dejó de temblar. Se acercó —deslizándose— hacia el libro.
—¿Cómo se llama? —le pregunté a Carlos, gritando para romper el trance.
—Elena… dice que se llama Elena —respondió él.
Abrí el libro. Las páginas estaban amarillentas. Busqué la fecha. Octubre de 1998. Encontré el nombre: Elena M. Su hora de entrada estaba marcada a las 08:00 AM. La casilla de hora de salida estaba vacía.
La firma final y la liberación
Todo cobró sentido en mi cabeza. Las historias que los guardias viejos contaban y que nosotros tomábamos a broma. La leyenda de la secretaria que le dio un infarto masivo trabajando sola un fin de semana para terminar un balance. La encontraron el lunes por la mañana, sentada en su escritorio, con el bolígrafo en la mano, caída sobre los papeles. Había muerto trabajando, preocupada por terminar, por cumplir, por llevar el dinero a casa.
Su espíritu no sabía que había muerto. Solo sabía que no había terminado su turno.
Saqué un bolígrafo de mi bolsillo. Mis manos ya no temblaban tanto; ahora sentía una tristeza profunda, un peso en el alma por esa pobre mujer atrapada en un bucle de burocracia eterna.
—Elena —dije en voz alta, tratando de sonar autoritario pero suave—. Elena, el trabajo ya terminó. El balance se entregó. Todo está aprobado.
La figura espectral levantó la vista. Por primera vez, la angustia en su rostro se suavizó.
—Tienes que firmar tu salida para irte a descansar con tu hijo —continué, empujando el libro abierto hacia el espacio vacío frente a ella.
Lo que pasó a continuación desafía toda lógica física. El bolígrafo que dejé sobre el libro se movió. No lo vi flotar, simplemente rodó un poco y se enderezó. Sobre el papel, apareció un trazo. No era tinta fresca, era como si el papel se quemara levemente o se envejeciera de golpe en forma de letras.
Una firma temblorosa apareció en la casilla de salida: Elena M.
En el momento en que la firma se completó, el sonido de la oficina volvió. El zumbido del aire acondicionado, el tráfico lejano de la calle, el ruido de mi propia respiración. El olor a flores viejas desapareció de golpe, reemplazado por el olor a polvo y encierro habitual.
La mujer sonrió. Fue una sonrisa leve, de alivio puro. Y luego, simplemente se desvaneció. No hubo luces brillantes ni efectos especiales. Se fue deshaciendo como niebla bajo el sol, hasta que solo quedó la silla vacía y Carlos, que colapsó sobre el escritorio, respirando hondo como si acabara de salir de debajo del agua.
Lo saqué de ahí casi cargándolo. Bajamos a la caseta, cerramos todo y esperamos en la calle a que amaneciera y llegara el relevo. No volvimos a entrar esa noche.
Al día siguiente, investigué en los archivos muertos de la administración. Efectivamente, Elena Martínez falleció de un paro cardíaco en esa oficina en 1998. Era madre soltera y conocida por ser la empleada más responsable de la empresa.
Carlos renunció dos días después. No pudo soportar volver a entrar a ese edificio. Dijo que, aunque ella se había ido, la sensación de tristeza en ese cuarto piso era demasiado fuerte para él. Yo sigo trabajando aquí, pero nunca más he vuelto a hacer rondas solo en el cuarto piso.
A veces, cuando paso cerca de la escalera, siento una brisa suave, pero ya no huele a flores viejas ni hace frío. Creo que Elena finalmente cobró su cheque y se fue a descansar.
Esta experiencia me dejó una lección que quiero compartir con todos ustedes, y es la razón por la que escribí esto: Ningún trabajo vale tu vida, ni tu alma. Nos matamos trabajando, hacemos horas extras, sacrificamos tiempo con nuestra familia por «cumplir», y al final, somos reemplazables en la oficina, pero irreemplazables en nuestras casas. No dejes que tu vida se quede atrapada en un escritorio, ni en este mundo ni en el otro.
Si llegaste hasta aquí, gracias por leer. Comparte esta historia si crees que alguien necesita recordar que hay cosas más importantes que el trabajo. Descansa en paz, Elena.
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