El Rostro en la Estática: Lo que realmente encontramos en el campo de Don Francisco

Publicado por Planetario el

Si vienes de nuestra publicación en Facebook, bienvenido. Lo que estás a punto de leer es la crónica detallada de lo que sucedió después de que apagamos esa cámara. Muchos nos dijeron en los comentarios que saliéramos corriendo de ahí, pero la verdad es mucho más compleja y dolorosa de lo que imaginan.

El aire dentro de nuestra camioneta estaba viciado. Éramos tres hombres adultos, periodistas acostumbrados a cubrir protestas, desastres naturales y crisis humanitarias en Venezuela, pero ninguno de nosotros se atrevía a hablar. El único sonido era el zumbido del disco duro de la laptop y la respiración entrecortada de Luis, nuestro camarógrafo. Afuera, el campo estaba en un silencio sepulcral, de esos que te hacen sentir que el monte te está observando.

Don Francisco estaba sentado en una caja de plástico en la esquina de la habitación improvisada que nos prestó. Tenía la cabeza baja, jugando nerviosamente con su sombrero de paja. Sus manos, esas manos que habían trabajado la tierra por más de sesenta años, temblaban incontrolablemente. Él sabía que algo malo rondaba su casa, pero no tenía idea de la magnitud de lo que habíamos captado.

El análisis cuadro por cuadro

Decidimos conectar la cámara a la computadora para limpiar el audio y tratar de filtrar la imagen. Como les conté en el post anterior, la grabación tenía una interferencia brutal, una estática grisácea que aparecía justo cuando la criatura se acercaba, como si la energía del lugar rechazara la tecnología.

—»Voy a bajar la velocidad al 10%» —murmuró Luis, con la voz seca.

En la pantalla, la oscuridad se movía pixelada. Vimos de nuevo el momento en que las ramas crujieron. Vimos el movimiento brusco de la maleza. Y entonces, llegamos al cuadro clave. El momento exacto antes de que la «cosa» huyera.

Al principio, solo parecía una mancha marrón y negra, una masa de carne y pelo enredado. Pero Luis aplicó un filtro de contraste y aumentó la exposición. Lo que apareció en el monitor nos heló la sangre en las venas. La temperatura en la habitación pareció bajar diez grados de golpe.

No era un animal. O al menos, no uno conocido por la ciencia.

La figura estaba agazapada en cuatro patas, pero la anatomía era grotesca. Tenía extremidades largas y delgadas, con articulaciones que parecían doblarse en ángulos incorrectos. Pero lo peor no era el cuerpo. Lo peor fue lo que vimos en la esquina superior derecha del video, justo detrás de donde estábamos nosotros parados grabando.

—»Retrocede eso» —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. «Ahí, en la esquina. ¿Qué es eso?»

Luis hizo zoom. La imagen se granuló, pero era inconfundible. Mientras nosotros enfocábamos a la bestia frente a nosotros, había otra figura parada detrás de los árboles, a nuestras espaldas.

Esa segunda figura no era una bestia. Tenía silueta humana. Estaba de pie, erguida, observándonos. Y en su mano, el brillo inconfundible de un machete largo y oxidado.

—»No estábamos solos con el animal, Francisco» —le dije, girando la laptop hacia él—. «Alguien trajo a esa cosa. O alguien la está cuidando».

Don Francisco se acercó a la pantalla. Entrecerró los ojos, forzando la vista cansada. Cuando reconoció la silueta humana, soltó un gemido que me partió el alma. No era miedo. Era reconocimiento.

La confesión del monte

El viejo se llevó las manos a la cara y rompió a llorar. No el llanto de un niño, sino ese llanto seco y ahogado de los hombres de campo que han aguantado demasiado.

—»Es el loco de la loma…» —susurró—. «Yo pensé que se había muerto hace años».

Resulta que la historia era más retorcida que cualquier cuento de demonios. Francisco nos contó, entre sollozos, que hace años un hombre vivía monte arriba, un tipo solitario que había perdido la razón después de una tragedia familiar. La gente decía que se había ido a vivir a las cuevas, que comía carne cruda y que había domesticado a las bestias del monte. Pero nadie le creía. Hasta ahora.

No podíamos quedarnos de brazos cruzados. Teníamos la evidencia de que una criatura atacaba el ganado, pero ahora sabíamos que había una mano humana detrás de esto. Y lo más aterrador: ese hombre había estado a metros de nuestra espalda, con un machete, y nos perdonó la vida por alguna razón.

Esperamos a que saliera el sol. Con la luz del día, el miedo se transforma en adrenalina. Nos armamos con palos, machetes y nuestras cámaras. Francisco nos guio.

El camino era difícil. La vegetación en esa zona de Venezuela es cerrada, espinosa, hostil. El calor húmedo te pega en la cara y los mosquitos no dan tregua. Caminamos cerca de dos horas siguiendo el rastro de sangre seca y el olor. Ese olor a azufre que sentimos en la noche no era azufre; era algo peor. Era el hedor de la carne en descomposición mezclado con suciedad humana acumulada por años.

—»Es aquí» —dijo Francisco, deteniéndose frente a una formación rocosa que parecía una boca negra en la montaña.

El olor era insoportable. Tuvimos que cubrirnos la nariz con las camisas. Entramos con las linternas encendidas, paso a paso, cuidando no pisar falso.

El hallazgo en la cueva

La cueva no era muy profunda, pero lo que había dentro superaba cualquier película de terror. El suelo estaba cubierto de huesos. Huesos de cabras, de perros, de gallinas. Y en el fondo, sobre un montón de trapos viejos y sucios, estaba la «Bestia».

No era un demonio. Era un perro salvaje, posiblemente un cruce de razas grandes que habían sido abandonadas en el monte, pero estaba en un estado lamentable. El animal tenía una sarna avanzada que le había tumbado todo el pelo, dejando la piel gris, costrosa y llena de llagas, lo que le daba ese aspecto «alienígena» y monstruoso bajo la luz de las linternas. Estaba encadenado a una estaca de hierro.

El pobre animal nos gruñó, pero estaba demasiado débil para levantarse.

Y junto a él, sentado en una piedra, afilando el machete con una paciencia perturbadora, estaba el hombre de la grabación. Un anciano esquelético, con la barba hasta el pecho y la mirada perdida en la nada.

—»No le hagan daño a mi niño» —dijo el hombre con una voz rasposa que parecía venir de ultratumba—. «Él solo tiene hambre. A él le gustan las cabezas. Las cabezas son suaves».

Nos quedamos paralizados. La realidad nos golpeó como un balde de agua fría.

El misterio de las cabezas arrancadas tenía una explicación lógica y macabra. El perro, enfermo y con los dientes podridos por la mala alimentación y la edad, no podía masticar los huesos duros ni desgarrar el cuero grueso del cuerpo de las cabras. Este hombre, en su locura, mataba a los animales o ayudaba al perro a hacerlo, y luego… le cortaba las cabezas con el machete para que el animal pudiera comerse los tejidos blandos del cerebro y la lengua, lo único que podía masticar.

Los «arañazos de tres dedos» que vimos en los cuerpos no eran de garras. Eran intentos torpes del hombre de despellejar al animal con herramientas rudimentarias para alimentar a su única compañía.

Un final agridulce

La situación se resolvió, pero no hubo celebración. Llamamos a las autoridades locales, quienes subieron horas después. Se llevaron al anciano, que no opuso resistencia, solo lloraba pidiendo que no mataran a su «perro».

El animal tuvo que ser sacrificado allí mismo por un veterinario que acompañó a la policía; estaba sufriendo demasiado, lleno de infecciones y parásitos. Fue un acto de piedad.

Don Francisco recuperó la paz en su corral, pero perdió la inocencia. Bajamos de esa montaña en silencio, con las cámaras apagadas. Fuimos buscando un monstruo sobrenatural, un demonio de leyendas para ganar likes y compartir un video viral.

Lo que encontramos fue la cruda realidad del abandono. En los rincones más olvidados de nuestro país, la pobreza y la soledad pueden crear monstruos más reales y tristes que cualquier fantasma. La «Bestia» no era el perro, ni siquiera era el viejo loco. La bestia era el olvido en el que vivían.

Esa noche, antes de irnos, Francisco nos dio las gracias y nos regaló un poco de queso de mano. Nos despedimos con un abrazo.

—»Prefiero al Diablo, muchachos» —nos dijo antes de cerrar la tranca—. «Al Diablo se le reza y se va. Pero a la locura y al hambre no hay rezo que las espante».

Y con esa frase, entendimos que hay misterios que es mejor no resolver, porque la verdad duele más que el miedo.


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