El Pacto de la Alcantarilla: Lo que la policía encontró en la mochila intacta del avión

Publicado por Planetario el

¿Vienes del post de Facebook sobre el accidente de Julián? Si es así, ya sabes la primera parte: el despegue, el encapuchado y la explosión que sacudió la ciudad. Lo que vas a leer a continuación es la verdad cruda, lo que descubrí en esa mochila antes de que la policía acordonara la zona y borrara todo rastro. Prepárate, porque la historia del «Niño de la Alcantarilla» es mucho más oscura de lo que imaginábamos.


El sonido de una explosión no es como en las películas. No es un «boom» limpio. Es un golpe seco en el pecho, una vibración que te saca el aire de los pulmones y te deja sordo por unos segundos. Cuando el avión de Julián se convirtió en una bola de fuego a unos quinientos metros de la pista, el tiempo se detuvo.

Yo me quedé paralizado, con las manos apretando el carrito de las maletas hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El olor llegó primero: una mezcla repugnante de combustible quemado, plástico derretido y algo más… algo que olía a carne y a electricidad estática.

—¡Llama a los bomberos! ¡Muévete, carajo! —me gritó mi supervisor, sacándome del trance.

El caos se apoderó del aeropuerto. Sirenas, gritos, gente corriendo sin rumbo. Pero mis ojos no estaban en el fuego. Mis ojos buscaban algo que mi cerebro no podía procesar. Justo antes de que el avión se desintegrara, vi caer algo. Un objeto negro, pequeño en comparación con el fuselaje, que salió despedido hacia los matorrales cercanos a la valla perimetral, lejos del infierno principal. Era la mochila.

El ascenso imposible de un niño roto

Para entender por qué corrí hacia esa mochila en lugar de alejarme, tienes que entender quién era Julián realmente. La gente habla de «suerte» o de «genio para los negocios», pero los que crecimos con él en el barrio sabíamos que eso era mentira.

Julián no era listo. Ni siquiera era ambicioso al principio. Hace quince años, era un chico esquelético que vivía literalmente dentro de los tubos de drenaje de la obra abandonada en el sector norte. Comía lo que las ratas despreciaban. Olía a humedad y a abandono. Nadie lo miraba a los ojos. Era un fantasma en vida.

Recuerdo una noche, unos meses antes de que su vida cambiara, que lo encontré llorando cerca de una fogata improvisada.

—Ya no aguanto más, flaco. Tengo tanta hambre que me duelen los huesos —me dijo, temblando de frío.

Le di la mitad de mi sándwich. Lo devoró sin masticar. En sus ojos no había esperanza, solo esa resignación oscura de quien sabe que va a morir joven y olvidado.

Pero entonces, una semana después, Julián desapareció. No lo vimos en un mes. Cuando regresó, no venía sucio. Bajó de un auto negro, vestido con ropa que costaba más que mi casa entera. Compró la tienda de la esquina en efectivo. Luego compró el edificio. Luego la manzana.

Nadie se hace rico así de rápido sin ensuciarse las manos o vender el alma. Y Julián… Julián había cambiado. Ya no te miraba a los ojos. Siempre miraba por encima de tu hombro, como si esperara que alguien viniera a cobrarle algo. Se volvió paranoico. Mandó a blindar sus ventanas y contrató seguridad privada que parecía sacada de una película de guerra.

Ahora, viendo los restos de su avión arder, entendí que su miedo no era infundado. Lo que sea que hizo para salir de la alcantarilla, finalmente había venido a buscarlo.

El contenido maldito de la mochila

Aproveché la confusión. Mientras los bomberos luchaban contra las llamas y la policía trataba de contener a la prensa en la entrada principal, yo salté la pequeña valla de servicio y corrí hacia los matorrales donde vi caer el objeto.

El corazón me latía en la garganta. Sabía que si me veían, perdería mi trabajo o algo peor. Pero la curiosidad es un veneno poderoso.

Ahí estaba. La mochila negra y desgastada. Estaba intacta. Ni una quemadura, ni un rasguño, a pesar de haber estado en el centro de una explosión que partió un jet en dos. Eso ya era antinatural. La tela se sentía fría al tacto, helada, como si hubiera estado en un congelador y no bajo el sol de la tarde.

Miré a mi alrededor. Nadie me veía. Me agaché y abrí la cremallera.

Esperaba encontrar dinero. Quizás drogas. O planos de algún negocio ilícito. Pero lo que vi me dejó helado.

Dentro solo había dos cosas: una vieja caja de metal oxidado, de esas que usaban las abuelas para guardar hilos, y un cuaderno de cuero negro, húmedo y lleno de moho.

Abrí la caja primero. No había joyas. Había «trofeos» macabros. Un reloj barato con la correa rota. Una identificación escolar vieja de un niño que no era Julián. Y una piedra negra, lisa y pesada, que parecía absorber la luz del sol. Al tocar la piedra, sentí una náusea instantánea, un mareo que casi me hace vomitar ahí mismo.

Pero fue el cuaderno lo que me dio las respuestas. Lo abrí con manos temblorosas. No era un diario normal. Era una contabilidad. Pero no de dinero.

Las primeras páginas tenían fechas de hace quince años. La caligrafía era torpe, la de un niño sin educación.

«Día 1: El Señor de la Sombra me dijo que si le guardaba la caja, nunca más tendría hambre.»

«Día 40: Encontré el primer maletín con dinero en el parque. Nadie lo reclamó. El Señor cumple.»

Pasé las páginas rápido. La letra mejoraba con los años, se volvía más elegante, pero el contenido se volvía más aterrador.

«Año 5: El negocio funciona solo. Pero el Señor vino en sueños. Dice que la caja pesa. Pide un pago.»

«Año 10: No puedo dormir. Escucho los susurros de la caja. Dice que la suerte es un préstamo, no un regalo. Tengo que devolverla, pero si la devuelvo, vuelvo al tubo.»

La última entrada tenía la fecha de ayer. La letra era un garabato frenético, casi ilegible, manchado con lo que parecía sangre seca o vino.

«Vino a verme despierto. Ya no en sueños. El encapuchado. Es él. Me dijo que el contrato de quince años venció. Tengo que devolver la caja y todo lo que me dio, o se cobrará con mi vida. Voy a intentar huir. Me llevo la caja en el avión. Si la tiro al mar, quizás el pacto se rompa.»

La verdadera identidad del encapuchado

Cerré el cuaderno de golpe al escuchar las sirenas acercándose a mi posición. Todo cobró sentido en ese segundo horrible.

Julián no era un genio. Julián era un conserje. Un guardián. Hace quince años, en esas alcantarillas, se encontró con algo o alguien —ese hombre encapuchado— que necesitaba esconder algo poderoso y maligno: esa caja y esa piedra.

El trato era simple: «Cuida esto por mí y tendrás la vida de un rey. Pero cuando vuelva por ella, debes entregarla y volver a tu miseria.»

Ese día en la pista, el encapuchado no le dio la mochila a Julián. Se la devolvió.

Julián intentó escapar. Intentó subir al avión con la maldición para tirarla lejos, pensando que podía burlar al dueño. Pero no entendió las reglas. El encapuchado le entregó la mochila antes de despegar porque el contrato se había cerrado.

Julián aceptó la mochila en la escalerilla no porque quisiera, sino porque no tenía opción. Estaba paralizado por el terror. Y el momento en que el avión despegó, la «suerte» prestada se convirtió en deuda cobrada. La explosión no fue una bomba técnica. Fue el precio acumulado de quince años de una vida que no le pertenecía, colapsando en un solo instante.

Saqué mi celular y tomé la foto del cuaderno abierto y la caja oxidada. Justo cuando guardé el teléfono, dos agentes federales aparecieron entre la humareda.

—¡Hey, tú! ¡Aléjate de ahí! —gritaron, apuntándome.

Levanté las manos y me alejé. Confiscaron la mochila. Me interrogaron durante horas. Borraron las fotos de mi galería, o eso creyeron (siempre tengo una copia de seguridad en la nube). Me amenazaron con cárcel si hablaba de lo que vi.

Dijeron que fue una falla en la turbina. Que Julián murió por un accidente mecánico. Pero yo sé la verdad.

Julián murió porque intentó negociar con fuerzas que no entendía. Murió porque quiso quedarse con una vida prestada un día más de lo acordado.

A veces, cuando trabajo en el turno de noche y veo hacia las alcantarillas que bordean el aeropuerto, creo ver una figura con sudadera gris, caminando lento, buscando al próximo niño hambriento para ofrecerle un trato.

Si alguna vez te encuentras en la oscuridad y alguien te ofrece todo lo que deseas a cambio de guardar un secreto… corre. Corre y no mires atrás. Porque la factura siempre llega, y el interés se paga con sangre.


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