La sombra de Carolina se quedó suspendida en el aire de la cocina, como una nube de humo que no encuentra salida, pero las manos de la joven, pequeñas y con la piel agrietada por el frío de la calle, aferraban aquella tarjeta de presentación como quien sostiene un pedazo de cielo.

La cocina del restaurante «El Rincón Criollo» olía a cebolla caramelizada y a hierbabuena fresca, y ese aroma, tan lejano al olor a llanta quemada y a smog de la avenida donde vendía su pan, le pareció a Rosa un lujo que no merecía. El mármol de las mesas estaba Leer más

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