El crujido de las botas de combate al pisar los envoltorios de plástico y el cartón roto fue el único sonido que rompió el silencio del lúgubre callejón.

El estrecho callejón olía a humedad, basura acumulada y a un abandono imperdonable. El soldado, de 35 años, cayó de rodillas sobre la suciedad. Llevaba su uniforme militar de camuflaje pixelado de desierto, con el parche de la bandera de México en el brazo izquierdo y un reloj táctico negro Leer más